El cielo no era un refugio, era un matadero teñido de carmesí y ceniza.
Abajo, el barro de las tierras del valle tragaba hombres y caballos, pero arriba, la guerra era un rugido constante de llamas. Aelnora apretó las rodillas contra las escamas frías de Stormkiller. Su dragón nocturno, una sombra viviente que devoraba la luz del sol, batió sus alas rasgando el aire saturado de humo.
—¡Fogar, Stormkiller! —gritó Aelnora, con la voz rota por el viento.
Frente a ella, el cielo se encendió. Nera, su media hermana, la mancha en el linaje real, descendía como un meteoro sobre Sundyre. El dragón dorado brillaba con una intensidad cegadora, un contraste cruel con la oscuridad de Stormkiller. No había palabras entre ellas, solo el odio acumulado de años de silencios en la corte.
El impacto fue brutal. Sundyre lanzó una llamarada de oro fundido que lamió las alas de Stormkiller, mientras el dragón nocturno hundía sus garras en el pecho del dragón dorado. El aire se llenó de un olor metálico y dulce: sangre de dragón.
Un coletazo errático de Sundyre golpeó la montura de Aelnora. El arnés se quebró. Al mismo tiempo, una lanza de fuego cruzó el pecho de Nera. Por un instante, el tiempo se detuvo. Las dos jóvenes, heridas y despojadas de sus cielos, comenzaron una caída libre hacia el caos de la infantería.
Aelnora aterrizó sobre el cuerpo humeante de su propio dragón, que había logrado amortiguar el impacto antes de colapsar. El dolor era un incendio en su costado; una costilla rota, quizás un pulmón perforado. Escupió sangre y, con manos temblorosas, buscó a su padre.
A pocos metros, Nera yacía entre los escombros de una torre de asedio. Estaba pálida, con la pierna destrozada, pero viva.
Fue entonces cuando lo vio.
El Rey Nolan, el hombre que siempre le había exigido perfección y frialdad, corría desesperado. Pero no hacia ella. Sus botas reales se hundían en el fango mientras esquivaba espadas y flechas, gritando un nombre que no era el de su heredera legítima.
—¡Nera! ¡Nera, resiste! —el Rey se arrojó de rodillas junto a la bastarda, acunando su cabeza con una ternura que Aelnora jamás había conocido.
Aelnora sintió un frío más punzante que cualquier herida. El campo de batalla se volvió borroso. Ella era la princesa, la que había entregado su vida a la corona, y ahí estaba él, el Rey, llorando por la hija del pecado mientras ignoraba a su primogénita que se desangraba sobre un dragón agonizante.
Aelnora miró a Stormkiller. El gran dragón negro sollozó, un sonido gutural de agonía. Sus ojos se encontraron. No había necesidad de palabras.
—Hazlo... —susurró Aelnora, con una sonrisa amarga que era más una mueca de liberación— Incendia mi final.
Stormkiller, cumpliendo la última voluntad de su jinete, abrió las fauces por última vez. Un fuego azul oscuro, casi negro, brotó de sus entrañas, envolviendo a la princesa en un abrazo eterno. Aelnora no gritó; se dejó consumir por el calor, prefiriendo las llamas a la indiferencia de su padre.
A lo lejos, sobre una colina que dominaba el desastre, el Príncipe Lancel tiró de las riendas de su caballo. Su rostro, generalmente impasible, era una máscara de horror. El fuego azulado oscuro de Aelnora se elevaba como una columna de luto hacia el cielo nublado.
Él lo había visto todo. La caída, la traición del Rey y el sacrificio final. El mundo acababa de cambiar para siempre, y el eco de ese fuego marcaría el inicio de una era de cenizas.