Renacimiento de Dragones

Capítulo 2

El despertar no fue un regreso a la paz, sino una huida del fuego.

Faron se incorporó de golpe, con las sábanas de seda pegadas a su espalda por un sudor frío. Su respiración era un galope desbocado en el silencio de sus aposentos. Instintivamente, se llevó la mano al pecho, esperando sentir el calor abrasador del fuego azulado oscuro, pero solo encontró el tacto familiar del lino y el frío aire de la madrugada en la Fortaleza de Piedra.

—Otra vez —susurró, con la voz quebrada.

Había sido tan real. El olor a ozono y sangre, el rugido agónico de Stormkiller y, sobre todo, la mirada. Esa mirada de su madre, la princesa Aelnora, cargada de una tristeza más profunda que las heridas de su cuerpo. Faron podía jurar que había sentido el impacto contra el barro, el sabor metálico en la boca y el peso de la corona que ella nunca llegó a portar.

Faron se puso en pie y caminó hacia el balcón, buscando el aire gélido de la noche para anclarse a la realidad. Miró sus manos: eran jóvenes, fuertes, las manos de un hombre que ya superaba los veinte inviernos.

¿Cómo puedo recordar el calor de un fuego que no me tocó?

Cuando Aelnora murió, Faron era apenas un niño de tres años, un infante que apenas alcanzaba a pronunciar el nombre de su madre antes de que ella partiera hacia la Batalla de los Valles. No debería tener recuerdos de aquel día. La lógica dictaba que sus memorias deberían ser destellos de una sonrisa, el roce de una túnica de terciopelo o el eco de una canción de cuna.

Pero lo que él veía cada noche no eran recuerdos de infancia. Era la cronología exacta de una ejecución. Veía al Rey Nolan —su abuelo— correr hacia la bastarda Nera. Veía la traición grabada en el barro. Y sentía la orden final de su madre como si el mismo Stormkiller se la hubiera susurrado al oído.

Faron buscó en su memoria la imagen de su propio padre, el Príncipe Aithan. Recordaba poco de él; un hombre de honor que murió defendiendo la retaguardia poco antes de que Aelnora decidiera inmolarse. Aithan le había dejado un linaje puro y una carga pesada.

A veces, Faron se preguntaba si su padre también veía lo que él veía. Si el espíritu de los jinetes de dragón estaba tan ligado a la sangre que el dolor de una madre podía viajar a través de los años hasta anidar en la mente de su hijo.

—Príncipe Faron —una voz suave rompió su trance.

Era un guardia apostado tras la puerta, alertado por los ruidos.

—¿Se encuentra bien, mi señor? ¿Otra pesadilla?

Faron no se giró. Se limitó a observar las estrellas, preguntándose si en algún lugar del cielo nocturno, el alma de su madre descansaba o si seguía ardiendo en ese fuego azulado oscuro que él sentía latir bajo su propia piel.

—No fue una pesadilla —respondió Faron, con una frialdad que habría hecho palidecer al propio Rey Nolan—. Fue una lección.

Se alejó del balcón con una determinación renovada. El niño de tres años que lloró en una cuna mientras su mundo se incendiaba había muerto hace mucho. El hombre que despertaba ahora sabía que la sangre no se olvida, y que las llamas de Aelnora todavía tenían una cuenta pendiente con el trono.




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