El amanecer comenzaba a teñir las torres de la fortaleza con un tono violáceo, como una herida que empieza a sanar. Faron atravesaba el arco de piedra que conducía a los patios de armas, todavía sintiendo el eco del fuego azulado oscuro en sus huesos. El frío matutino no lograba disipar la intensidad de su sueño, pero el sonido rítmico de un metal chocando contra otro le indicó que la vida en el castillo ya había reclamado su lugar.
—Llegas tarde, hermano. O demasiado temprano para ser un fantasma.
Faron se detuvo en seco. Apoyada contra el rastrillo de la entrada, con una túnica de cuero ajustada y el cabello oscuro con mechas blancas casi plateadas recogido en una trenza guerrera, se encontraba Delayna. Ella era el vivo retrato de la vitalidad que su madre, Aelnora, había tenido antes de que la amargura la consumiera. Hija del segundo matrimonio de su madre con el Príncipe Lancel, Delayna poseía esa chispa de fuego que a veces a Faron le faltaba, sumido como estaba en las sombras del pasado.
Delayna lo observó con ojos inquisidores, notando la palidez en el rostro de su hermano mayor. Ella no compartía el linaje del príncipe Aithan, pero compartía la misma sangre de dragón que corría por las venas de Aelnora.
—Otra vez el sueño, ¿verdad? —preguntó ella, suavizando el tono. No era una burla; en esa familia, los sueños eran a menudo más reales que las piedras que los rodeaban.
—No es nada que el acero no pueda purgar —respondió Faron, recuperando su compostura—. ¿Qué haces aquí tan temprano, pequeña?
Delayna soltó una risa seca y señaló con el pulgar hacia el centro del patio, donde el polvo ya se levantaba bajo los pies de dos figuras que intercambiaban golpes de práctica.
—Meilyr y Áedán están insoportables hoy —explicó ella—. Mi padre los tiene bajo el sol desde que cantó el primer gallo. Dicen que si no aprenden a coordinar sus ataques, terminarán siendo pasto de los cuervos antes de que hereden un solo palmo de tierra.
Faron dirigió la mirada hacia el patio. Allí, Meilyr, el hermano mediano, intentaba mantener una guardia sólida con el mandoble, mientras que el joven Áedán, el penúltimo de los hijos de Aelnora, se movía con una agilidad felina, tratando de flanquear a su hermano.
Supervisándolo todo, como una estatua de hierro y veteranía, estaba el Príncipe Lancel. El hombre que había amado a Aelnora en sus últimos y más oscuros días, y el que había visto con sus propios ojos el sacrificio en el fuego azulado oscuro. Lancel no era un hombre de palabras dulces; era un hombre de cicatrices y lealtades inquebrantables.
—¡Meilyr, baja el centro de gravedad! —rugió Lancel, cuya voz resonaba en las paredes de piedra—. ¡Áedán, si confías solo en tu velocidad, un escudo te romperá el cuello! ¡De nuevo!
Lancel levantó la vista y divisó a Faron y Delayna en la entrada. El príncipe veterano clavó su espada en el suelo y les hizo una seña con la mano enguantada.
—¡Faron! —gritó Lancel—. Deja de examinar el aire y toma una espada. Tus hermanos necesitan recordar qué se siente enfrentarse a alguien que no duda.
Delayna le dio un codazo amistoso a Faron en las costillas.
—Ve —le susurró—. Quítate el humo de la cabeza con un poco de sudor. Áedán ha estado alardeando de que ya puede derribarte, y Meilyr necesita que alguien le recuerde que la fuerza bruta no lo es todo.
Faron asintió lentamente. Mientras caminaba hacia el centro del patio, sintió la mirada de Lancel sobre él. Era una mirada cargada de conocimiento, la mirada de un hombre que sabía exactamente qué tipo de pesadillas atormentaban al hijo de la mujer que él no pudo salvar. En ese patio, entre el choque de las espadas de madera y el aliento frío de la mañana, la sombra de Aelnora parecía vigilar a sus hijos, esperando el momento en que el fuego azulado oscuro volviera a reclamar su lugar en la historia.