El patio de armas era un santuario de polvo y esfuerzo. Faron se despojó del jubón de seda, quedando solo en una camisa de lino que pronto se pegó a su piel. Al empuñar la espada de práctica —un arma de madera pesada reforzada con plomo para imitar el peso real—, un cambio sutil pero aterrador operó en su postura. Sus hombros se ensancharon y sus pies encontraron un equilibrio que parecía dictado por una memoria muscular que no le pertenecía.
Lancel se hizo a un lado, cruzando los brazos sobre el peto de cuero. Sus ojos, marcados por las arrugas de mil batallas y el peso de ver a una dinastía arder, se estrecharon.
—¡A él! —ordenó Lancel a los dos hermanos menores.
Meilyr cargó primero, lanzando un tajo descendente que habría aplastado a un hombre común. Áedán, aprovechando la distracción, se deslizó hacia la izquierda para un ataque bajo. Faron no retrocedió. Con un movimiento fluido, casi circular, desvió el mandoble de Meilyr usando el fuerte de su hoja y, sin mirar, plantó la bota en el pecho de Áedán, mandándolo hacia atrás.
Lancel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento matutino.
Ese giro de muñeca... esa forma de usar el peso del oponente en su contra.
No estaba viendo a Faron. Estaba viendo a Aithan, su hermano mayor, el príncipe que debió ser rey. Aithan siempre había tenido esa elegancia letal, una forma de danzar en el campo de batalla que hacía que la guerra pareciera una coreografía sagrada. Lancel recordaba las tardes de su juventud, sudando bajo el mismo sol, intentando desesperadamente superar la defensa impenetrable de su hermano.
—¡Más fuerte, Meilyr! ¡No es tu hermano, es un enemigo que quiere tu cabeza! —gritó Lancel, aunque su voz sonó un poco más ronca de lo habitual.
Faron comenzó a presionar. Sus ataques no eran ráfagas descontroladas; eran precisos, rítmicos. Golpeó el hombro de Meilyr con el pomo de la espada y, en el mismo segundo, desarmó a Áedán con un giro ascendente que envió la espada de madera del joven volando por los aires.
Lo que Lancel veía era una superposición fantasmal. Faron se movía con la técnica técnica perfecta de Aithan, pero en sus ojos brillaba el fuego gélido de Aelnora. Era una combinación antinatural: el cuerpo del padre y el alma de la madre trabajando en una armonía destructiva.
—Basta —dijo Lancel en voz baja. Nadie lo escuchó sobre el choque del acero—. ¡He dicho que basta! —rugió esta vez, dando un paso adelante.
Meilyr y Áedán, jadeando y doloridos, retrocedieron de inmediato. Faron, sin embargo, tardó un segundo más en bajar su arma. Sus pupilas estaban dilatadas, y por un instante, su mirada cruzó la de Lancel. En ese breve contacto visual, Lancel no vio al sobrino que había criado como a un hijo; vio al hombre que había muerto antes de la caída de Aelnora, reclamando su lugar en el mundo de los vivos.
Lancel se acercó a Faron y le arrebató la espada de práctica con un movimiento brusco. El silencio en el patio era absoluto; incluso Delayna, que observaba desde la entrada, había dejado de bromear.
—Peleas como él —dijo Lancel, con la voz apenas por encima de un susurro, buscando la mirada de Faron—. Peleas exactamente como Aithan cuando nos entrenábamos en los jardines de la capital. Los mismos ángulos, la misma forma de respirar entre estocadas.
Faron se limpió el sudor de la frente, tratando de calmar los latidos de su corazón, que seguían marcando el ritmo de la batalla en sus sueños.
—Él murió cuando yo era un niño, tío —respondió Faron con voz grave—. No pude aprender sus movimientos. Nadie me enseñó su estilo.
—La sangre tiene memoria, Faron. A veces, una memoria que es una maldición —Lancel puso una mano pesada sobre el hombro del joven, apretando con fuerza—. Tu padre era el mejor guerrero que he conocido, y tu madre era la mujer más peligrosa que ha volado un dragón. No dejes que sus fantasmas te dicten cómo vivir, porque ese camino solo conduce al fuego azulado.
Lancel se dio la vuelta, dejando a sus hijos y a su sobrino en el patio. Mientras se alejaba, el viejo príncipe se miró la mano temblorosa. Había pasado años intentando olvidar el horror de aquel día, pero al ver a Faron luchar, comprendió que la guerra de Aelnora y Nera no había terminado en las cenizas. Solo estaba esperando a que la nueva generación reclamara las espadas de sus padres.