Renacimiento de Dragones

Capítulo 5

El entrenamiento terminó con una tensión que pesaba más que las armaduras. Meilyr y Áedán se retiraron en silencio, sobándose los moretones y lanzando miradas furtivas a su hermano mayor. Delayna, por una vez carente de palabras mordaces, se limitó a seguir a los menores, dejando a Faron solo en el centro del patio bajo la mirada vigilante de las gárgolas de piedra.

Lancel no se había ido lejos. Se detuvo bajo la sombra de un arco gótico, observando cómo Faron recogía su jubón con movimientos mecánicos.

—Hay cosas que no se pueden ocultar bajo una camisa de lino, muchacho —dijo Lancel, rompiendo el silencio—. Tu madre dejó una marca en este mundo, pero tu padre... tu padre dejó una huella en tu alma que ni el tiempo ha podido borrar.

Faron se volvió hacia él, con el rostro endurecido.

—¿Por qué me lo dices ahora? —preguntó Faron—. Durante años has guardado silencio sobre ellos. Me criaste como a uno de tus hijos, pero siempre hubo un muro entre nosotros cuando mencionaba sus nombres.

Lancel suspiró, un sonido que pareció arrastrar el cansancio de décadas. Hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera. Atravesaron pasadizos que Faron conocía de memoria, pero Lancel se desvió hacia una escalera de caracol que descendía hacia los niveles inferiores de la fortaleza, un lugar donde el aire se volvía denso y olía a cera vieja y metal frío.

Llegaron a una puerta de roble reforzada con hierro. Lancel sacó una llave pesada y la hizo girar en la cerradura. El chirrido de las bisagras sonó como un lamento.

—Tras la muerte de Aelnora, el Rey Nolan quiso quemarlo todo —explicó Lancel mientras entraban—. Quería borrar la existencia de tu madre, de sus dragones y de cualquier rastro de la "traición" que, según él, ella cometió al morir de esa forma. Yo rescaté lo que pude.

En el centro de la pequeña cámara, sobre un pedestal de piedra, descansaba una espada envuelta en cuero negro. Pero no fue la espada lo que dejó a Faron sin aliento. A un lado, protegida por un cristal opaco, había una escama del tamaño de un escudo pequeño. Era de un color azabache profundo, pero con un brillo iridiscente que recordaba al aceite sobre el agua.

—Una escama de Stormkiller —susurró Faron, acercando la mano pero sin atreverse a tocarla—. Sobrevivió al fuego.

—Y esto —dijo Lancel, señalando la espada—, perteneció a tu padre, Aithan. Se llama Lamento de Estrellas. Él me la confió antes de cabalgar hacia la retaguardia, donde encontró su fin. Dijo que solo debía entregártela cuando tus movimientos en el patio fueran los de un hombre y no los de un niño.

Faron tomó el arma. El equilibrio era perfecto, casi celestial. Al desenvainarla, el acero emitió un zumbido vibrante, como si la hoja estuviera reconociendo la sangre que corría por las venas de quien la empuñaba.

—¿Ella lo sabía? —preguntó Faron, con la voz ahogada—. ¿Mi madre sabía que yo sería así? ¿Por eso se entregó a las llamas?

Lancel se acercó y lo miró fijamente a los ojos. Por un momento, el tío desapareció y solo quedó el soldado que lo vio todo.

—Aelnora no murió por debilidad, Faron. Murió por furia. Murió porque ver a su padre correr hacia la bastarda le rompió algo que ni el trono podía arreglar. Pero antes de dar la orden a su dragón, me miró. Me miró desde el suelo, rodeada de fuego azulado, y me señaló a donde tú estabas, a salvo en las murallas con tu nodriza.

Lancel hizo una pausa, tragando saliva.

—Ella no te dejó atrás para que fueras una sombra, Faron. Te dejó atrás para que fueras el incendio que purificara esta estirpe. Esos sueños que tienes... no son solo recuerdos. Son advertencias. El Rey Nolan sigue vivo, y Nera, la mujer por la que tu madre se inmoló, ha estado sembrando sus propias semillas en la capital.

Faron apretó el puño alrededor de la empuñadura de Lamento de Estrellas. El frío del acero y el calor de su sangre finalmente se fundieron en un solo propósito. La paz de la infancia había terminado oficialmente. El hijo de la noche y el acero había despertado.




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