El aire en la cámara secreta era pesado, cargado con el polvo de los siglos y el aroma a metal antiguo. Lancel observó a Faron empuñar la espada de su padre, y por un momento, la rigidez del viejo soldado se quebró. Se acercó al joven y le puso ambas manos sobre los hombros, obligándolo a sostenerle la mirada.
—Sé lo que corre por tus venas, Faron —dijo Lancel con una voz que vibraba con una emoción contenida—. Sé que llevas el nombre de Aithan y el fuego de Aelnora. Pero escucha bien lo que te voy a decir, porque no lo repetiré.
Faron guardó silencio, sintiendo el peso de las manos de su tío.
—Te he criado bajo mi techo, te he visto sanar tus primeras heridas y te he enseñado a montar antes de que supieras leer —continuó Lancel, apretando con fuerza—. Para el mundo, eres el sobrino del príncipe, el heredero de una tragedia. Pero para mí... para mí siempre has sido un hijo. Te quiero con la misma ferocidad con la que quiero a Delayna o a los muchachos. Mi sangre no te engendró, pero mi lealtad y mi amor te han forjado. Nunca olvides que, pase lo que pase con el trono o con el pasado, aquí tienes un padre que moriría por ti.
Faron asintió, conmovido por la vulnerabilidad de un hombre que siempre había sido una roca de granito. El vínculo entre ellos era una de las pocas cosas puras que quedaban en una dinastía manchada por la envidia.
Mientras la solemnidad reinaba en las profundidades de la fortaleza, en los barrios bajos de la ciudadela la atmósfera era muy distinta. El olor a vino barato, sudor y perfume barato llenaba el aire del "Dragón de Cobre", el burdel más concurrido de la zona.
En una de las mesas del fondo, rodeado de jarras vacías y risas estrepitosas, se encontraba Meilyr. El hermano mediano tenía la túnica desabrochada y el cabello castaño revuelto. Había heredado la constitución robusta de los hombres de su familia, pero también una inquietud que no podía ser saciada con entrenamientos al alba ni con lecciones de historia.
—¡Otra ronda para mis amigos! —gritó Meilyr, lanzando una moneda de plata sobre la mesa que rodó hasta caer al suelo.
—Tu padre te va a colgar de las almenas si se entera de que estás aquí de nuevo, mi príncipe —le susurró una joven sentada en su regazo, mientras le retiraba un mechón de la frente.
Meilyr soltó una carcajada amarga y bebió un largo trago de cerveza.
—Mi padre no puede decir nada —replicó con la lengua un poco trabada—. Él era peor que yo a mi edad. Los bardos todavía cantan sobre las noches en que Lancel "El Temerario" vaciaba las bodegas de la capital y se batía a duelo por el favor de una tabernera.
Meilyr sentía una presión constante en el pecho. Vivir a la sombra de la perfección letal de Faron, la agilidad de Áedán y la intensidad de Delayna era un peso que solo el alcohol lograba aliviar. Él era el rebelde, el que buscaba en los rincones oscuros de la ciudad la libertad que las murallas del castillo le negaban.
Lo que Meilyr no veía, perdido entre las risas y el humo de las velas, era que su rebeldía no era más que un reflejo de la misma frustración que llevó a Lancel a ser un joven errático décadas atrás. La sangre de los dragones no solo traía fuego y gloria; traía una inquietud que, si no se canalizaba en la guerra, terminaba consumiendo al hombre desde adentro en los antros de perdición.
De vuelta en la cámara secreta, Lancel soltó a Faron y suspiró, volviendo a su máscara de disciplina.
—Ahora vete. Busca a tu hermano Meilyr antes de que se meta en una pelea que no pueda ganar con palabras. Ha salido del castillo otra vez, ¿verdad?
Faron enfundó Lamento de Estrellas y asintió con una media sonrisa.
—Conoce los burdeles mejor que las oraciones, tío.
—Igual que yo —gruñó Lancel, aunque en el fondo de sus ojos había una chispa de nostalgia—. Ve por él. La noche es peligrosa, y el Rey Nolan tiene espías incluso entre las sábanas de las cortesanas. No podemos permitir que el nombre de nuestra casa sea arrastrado por el fango hoy. No cuando el fuego está empezando a despertar.