Faron cruzaba el patio principal con el paso acelerado, ocultando la empuñadura de Lamento de Estrellas bajo una capa de viaje oscura. Las antorchas de la muralla proyectaban sombras alargadas que parecían danzar a su alrededor, recordándole que, aunque el sol se había ocultado, los ojos del castillo nunca dormían.
Justo antes de alcanzar el postigo de la puerta oeste, una figura emergió de la penumbra. No era un guardia. Era un joven de pie firme, con los brazos cruzados y una expresión que carecía de la picardía habitual de los jóvenes de su edad.
—Vas a buscarlo —no fue una pregunta. La voz de Áedán era plana, desprovista de artificios.
Faron se detuvo, soltando un suspiro contenido. De todos sus hermanos, Áedán era el más difícil de engañar. Mientras Meilyr era un incendio descontrolado y Delayna una tormenta de ingenio, el penúltimo de los hijos de Lancel era como la piedra sobre la que se construía la fortaleza: sólido, serio y, por encima de todo, brutalmente honesto.
—Meilyr ha cruzado el límite esta vez, Áedán —dijo Faron, tratando de pasar de largo—. Vuelve a tus aposentos. La ciudad no es lugar para ti esta noche.
Áedán no se movió. Dio un paso al frente, interceptando el camino de su hermano mayor. A pesar de ser más joven, había una gravedad en sus ojos que a menudo incomodaba a los nobles de la corte.
—Meilyr es mi hermano tanto como lo es tuyo —declaró Áedán con una calma gélida—. Y si está desperdiciando su vida en el fango, es mi deber ayudar a levantarlo. Tú vas armado para una guerra, Faron. Yo voy porque es lo correcto.
Faron observó a su hermano. Áedán no buscaba la aventura de la noche, ni sentía curiosidad por los burdeles que Meilyr frecuentaba. Para él, la familia no era un concepto romántico, sino un código de honor que se cumplía sin rechistar. Su honestidad era a veces su mayor defecto: no sabía mentir, ni siquiera para protegerse a sí mismo.
—Es peligroso —insistió Faron—. El tío Lancel dice que hay espías del abuelo Nolan por todas partes. Si ven a dos príncipes en esos barrios...
—Si ven a dos príncipes, verán que uno cuida la espalda del otro —interrumpió Áedán, ajustándose el cinturón—. Meilyr no tiene disciplina, pero tú tienes demasiadas sombras en la cabeza hoy, hermano. Necesitas a alguien que vea el mundo tal como es, no como tus sueños te dicen que fue.
Faron guardó silencio un momento, reconociendo la verdad en las palabras del joven. Áedán era el ancla que necesitaba para no dejarse arrastrar por el odio que la espada de su padre y la escama de Stormkiller habían despertado en él.
—Está bien —cedió Faron—. Pero mantén la boca cerrada y la mano cerca de la daga. No buscamos pelea, solo sacamos la basura de casa antes de que empiece a oler mal.
Áedán asintió una sola vez, una confirmación solemne.
—No sé mentir, Faron, así que no me pidas que oculte esto si nuestro padre pregunta mañana. Pero esta noche, mi lealtad está con Meilyr.
Juntos, los dos hermanos se deslizaron por la puerta secreta, dejando atrás la seguridad de las murallas. Mientras se internaban en las callejuelas neblinosas que conducían al "Dragón de Cobre", el contraste era evidente: Faron caminaba como un depredador acechando en la oscuridad, con el peso de una herencia trágica sobre los hombros, mientras Áedán caminaba con la espalda recta del hombre que hace lo que debe, simplemente porque es su deber.
El destino de Meilyr, perdido en el vino y los brazos de desconocidas, estaba a punto de colisionar con la seriedad de su hermano menor y el fuego latente del mayor.