La ciudad baja era un laberinto de lodo y desesperación, un mundo de sombras que el Rey Nolan prefería ignorar desde sus balcones de mármol. Faron y Áedán avanzaban con las capuchas caladas, esquivando carretas volcadas y mendigos que los observaban con ojos hambrientos.
Finalmente, el letrero chirriante del "Dragón de Cobre" apareció ante ellos. No era más que una estructura de madera podrida que escupía música estridente y gritos de borrachos hacia la calle.
—Huele a pecado y a vino agrio —murmuró Áedán, arrugando la nariz con evidente desagrado—. No entiendo cómo alguien puede llamar a esto "diversión".
—No es diversión, Áedán —respondió Faron con voz sombría—. Es olvido. Y Meilyr tiene mucho que olvidar.
Al entrar, el aire denso los golpeó como un muro. En el centro de la sala, sobre una mesa circular, Meilyr estaba de pie con una jarra en alto, rodeado de mercenarios y mujeres de risa fácil. Estaba en mitad de un brindis ruidoso, con la cara enrojecida y la túnica manchada.
—¡Y por eso digo que un dragón dorado no es más que un pollo grande si no tiene fuego en las entrañas! —rugía Meilyr, provocando las carcajadas de los presentes.
Áedán se adelantó antes de que Faron pudiera detenerlo. Caminó a través de la multitud con una rectitud que cortaba el ambiente como una cuchilla. No empujó a nadie, pero su sola presencia, emanando una honestidad severa, hacía que los borrachos se apartaran a su paso.
—Meilyr. Abajo. Ahora —la voz de Áedán no era alta, pero cortó el ruido de la taberna como un trueno.
Meilyr bajó la jarra, parpadeando con dificultad para enfocar la vista.
—¡Pero si es el pequeño santo! —exclamó Meilyr con una sonrisa torcida—. ¡Ven, Áedán! Bebe algo, quizá así se te baje esa vara que tienes por columna vertebral.
Faron se mantuvo en la periferia, con la mano sobre el pomo de Lamento de Estrellas. Notó que en una mesa lateral, tres hombres con capas grises y rostros curtidos habían dejado de beber. Sus ojos no estaban en Meilyr, sino en Faron. Los espías de los que Lancel advirtió no eran una fantasía.
—Vámonos, Meilyr —dijo Áedán, tomando a su hermano del brazo—. Estás avergonzando el nombre de nuestro padre. No es una petición. Es un hecho.
Meilyr se soltó con un movimiento brusco, su humor cambiando de la euforia a la irritación en un segundo.
—¡Nuestro padre! —escupió Meilyr—. Nuestro padre se pasaba las noches aquí antes de ser el "gran señor" que es ahora. ¡No me hables de honor, Áedán! No eres más que un niño que repite lo que oye en las clases de historia.
—Soy el hermano que no permitirá que termines con una daga en las costillas por una apuesta estúpida —replicó Áedán, sin inmutarse ante el aliento a alcohol de su hermano—. Levántate.
Uno de los hombres de la mesa lateral se puso en pie. Era un sujeto corpulento, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla y el emblema oculto del Rey Nolan bajo el jubón.
—Dejen que el chico se divierta —dijo el hombre, acercándose a Áedán—. ¿O es que en el castillo no les enseñan a dejar que los hombres sean hombres?
Áedán se giró hacia el desconocido. Su mirada era tan limpia y directa que el mercenario titubeó por un instante.
—Este es un asunto de familia —dijo Áedán con una calma aterradora—. Y usted no es parte de ella. Le sugiero que vuelva a su silla antes de que mi honestidad me obligue a decirle lo que realmente pienso de su aspecto.
Faron dio un paso al frente, dejando que la luz de las velas se reflejara en la empuñadura de su espada. El ambiente en la taberna se congeló. Meilyr, al ver a Faron, pareció recuperar un poco de lucidez; conocía esa mirada. Era la mirada de la batalla, la misma que había visto esa mañana en el patio.
—Basta —sentenció Faron—. Meilyr, camina hacia la puerta. Áedán, no te distraigas con perros falderos. Nos vamos. Ahora.
La tensión era un hilo a punto de romperse. Los espías del Rey Nolan calcularon sus posibilidades y, tras ver la determinación en los ojos de los tres hermanos —el fuego del mayor, la rebeldía del mediano y la integridad del menor—, decidieron que esa noche no era el momento de morir.
Salieron a la noche fría, con Meilyr tambaleándose entre sus dos hermanos. El "Dragón de Cobre" quedaba atrás, pero el rastro de su presencia ya volaba hacia los oídos del Rey Nolan. La cacería estaba empezando.