El silencio de la noche fue interrumpido por el eco de unos pasos ligeros sobre la piedra. Los tres hermanos se tensaron, pero de las sombras de los jardines emergió Delayna. A sus doce años, la menor de los hijos de Aelnora poseía una agudeza que superaba a la de muchos hombres de la guardia; se movía con la agilidad de un gato y la mirada de quien siempre sabe más de lo que cuenta.
—Es una lástima que huelan tanto a vino barato —dijo Delayna, cruzándose de brazos mientras los observaba con desaprobación—. Arruinan la solemnidad del momento.
Faron se adelantó, ignorando el comentario mordaz.
—Delayna, ¿qué haces fuera de tu alcoba? Es casi el alba.
—Esperarlos —respondió ella, y su rostro infantil se endureció de una manera impropia para su edad—. Ha llegado un mensajero de la Capital con el sello del Rey Nolan. No es una orden de arresto, ni una citación de guerra. Es algo mucho más retorcido.
Meilyr, que aún se apoyaba contra el muro, frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—Nos han invitado al Festival de Caza en el Bosque Real —soltó Delayna, y la palabra "invitado" sonó amarga en sus labios—. Nera dice que el abuelo quiere ver a sus nietos antes de que el invierno cierre los caminos. Dice que es hora de "reunificar la sangre".
Áedán y Faron intercambiaron una mirada cargada de sospecha. Un festival de caza era el escenario perfecto para un "accidente". Una flecha perdida, una caída del caballo, un encuentro desafortunado con un jabalí... las posibilidades para deshacerse de los herederos de Aelnora eran infinitas en la espesura del bosque.
—No iremos —sentenció Faron—. Es una trampa obvia.
—Ya es tarde para decidir eso —intervino una voz profunda y cansada desde lo alto de la escalinata.
Era Lancel. El príncipe veterano bajaba los peldaños con el rostro sombrío, sosteniendo un pergamino con el sello de cera roja ya roto. Su mirada cayó sobre Meilyr con una mezcla de decepción y alivio por verlo a salvo, pero rápidamente volvió a centrarse en el asunto urgente.
—Padre, no puedes estar pensando en enviarnos —dijo Áedán con su honestidad frontal—. Nera estará allí. Ella controla la guardia real ahora que Nolan está débil.
—Ya lo sé, Áedán —respondió Lancel, llegando hasta ellos—. Pero rechazar una invitación directa del Rey es un acto de rebelión abierta. No estamos listos para una guerra, no todavía. Si no van, Nolan enviará jinetes a buscarlos y nos declarará traidores antes del próximo ciclo lunar.
Lancel puso una mano sobre el hombro de Delayna, quien, a pesar de su corta edad, se mantuvo firme como una pequeña estatua de mármol.
—Tienen que ir —continuó Lancel, mirando a Faron con una intensidad que recordaba a la de su padre Aithan—. Pero no irán como presas. Irán como depredadores. Faron, llevarás a tus hermanos. Protegerás a Delayna con tu vida. Meilyr, dejarás la jarra y afilarás tus sentidos; necesito al guerrero, no al borracho. Áedán, serás mis ojos y mis oídos; tu honestidad nos dirá quién miente en esa corte de víboras.
Faron apretó la empuñadura de Lamento de Estrellas bajo su capa. El sueño de las llamas negras de su madre parecía cobrar un nuevo sentido. La caza no sería por ciervos o jabalíes; la verdadera presa sería la verdad sobre lo que sucedió años atrás en aquel campo de batalla.
—Iremos —dijo Faron, y su voz resonó con el peso del destino—. Pero Nera se arrepentirá de habernos invitado a jugar en su bosque.
Delayna sonrió, una expresión gélida que recordaba peligrosamente a la mirada de la princesa Aelnora antes de la batalla. El Festival de Caza estaba por comenzar, y los hijos del dragón nocturno estaban listos para reclamar su lugar en la espesura.