Renacimiento de Dragones

Capítulo 10

En lo más alto de la Torre del Homenaje, donde el viento aullaba como el lamento de una bestia herida, el Rey Nolan permanecía sentado frente a una chimenea que apenas lograba calentar sus huesos viejos. Su rostro, una vez imponente, era ahora un mapa de arrugas y manchas de edad. A su lado, envuelta en mantos de lana gris que olían a hierbas secas y olvido, se encontraba la Anciana.

Nadie sabía su nombre. Algunos decían que había servido a la casa real desde antes de que Nolan naciera; otros susurraban que era una sombra enviada por los antiguos dioses para recordarles sus pecados.

—A veces, en el silencio de la noche, vuelvo a escuchar el rugido de Stormkiller —dijo Nolan, con una voz que sonaba como el roce de dos piedras—. Y veo a Aelnora. Veo el fuego azulado oscuro envolviéndola.

La anciana no apartó los ojos de las brasas. Sus dedos, largos y nudosos como raíces, jugaban con un collar de huesos de pájaro.

—El fuego azulado no quema la carne, Rey Nolan. Quema la memoria —respondió ella con un susurro sibilino.

Nolan cerró los ojos, apretando los puños sobre sus rodillas. La imagen de Nera herida en el barro siempre había sido su justificación, pero ahora, frente a la muerte, la verdad era un peso insoportable.

—Corrí hacia Nera... —admitió Nolan, y por primera vez en años, su voz tembló—. Vi a mi hija legítima caer, vi a Aelnora romperse contra el suelo, y mis pies... mis pies me llevaron hacia la bastarda. Me arrepiento, anciana. Me arrepiento, aunque sea poco, de no haberle dado a la Princesa Heredera el último consuelo de su padre.

—Ese "poco" es el abismo en el que caerá tu linaje —sentenció la mujer. Se giró hacia él, y sus ojos eran dos pozos de oscuridad—. Desde ese día, el cielo se volvió mudo. ¿No lo has notado, Rey? No hay más vuelos. No hay más sombras que tapen el sol. Los dragones murieron con Aelnora. Desaparecieron de la faz de la tierra porque el mundo ya no era digno de su fuego. El último aliento de Stormkiller se llevó consigo la magia de tus ancestros.

Nolan bajó la cabeza. La pérdida de los dragones había debilitado su reinado, dejando a la corona a merced de intrigas políticas y espadas de acero común. Sin las bestias, los reyes eran solo hombres con coronas de metal.

—Ahora ella los ha llamado —continuó Nolan, refiriéndose a Nera—. Los hijos de Aelnora vienen a la capital para el Festival de Caza. Temo lo que pueda suceder en la espesura del bosque.

La anciana soltó una carcajada seca, un sonido que erizó el vello de la nuca del rey. Se inclinó hacia él, dejando que el calor de la chimenea iluminara su rostro cadavérico.

—Nera cree que invita a presas, pero el destino no sabe de bastardías ni de leyes de hombres —la anciana tomó una pizca de polvo de sus ropajes y la lanzó al fuego. Las llamas saltaron, volviéndose de un azul antinatural por un breve instante—. Escucha bien, Rey que se desvanece, pues estas palabras no son mías, sino de la sangre que derramaste:

"Tres dragones murieron en el fango y la llama, naciendo tres de sangre dragón que el mundo reclama."

Nolan se estremeció. Tres dragones habían caído aquel día fatídico: Stormkiller, Sunfire y el dragón de la escolta real que intentó intervenir. Tres bestias perdidas.

—¿Tres de sangre dragón? —preguntó Nolan con un hilo de voz—. ¿Te refieres a los hijos de Aelnora?

Pero la anciana ya no estaba escuchando. Se había vuelto a sumergir en su silencio, observando cómo las cenizas bailaban en el aire. Nolan comprendió entonces que el Festival de Caza no sería una reunión familiar, sino el primer crujido de un huevo que ha tardado años en romperse. El fuego no se había extinguido con Aelnora; solo se había transformado, y ahora regresaba a casa para reclamar su deuda.




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