Renacimiento de Dragones

Capítulo 11

El Reino de Nothain siempre había sido descrito como un lugar de belleza gélida y cortes afiladas, pero para los hijos de Aelnora, era la boca de un lobo esperando cerrarse.

Los preparativos en la Fortaleza de Piedra se llevaron a cabo con una eficiencia sombría. No había música, ni brindis por el viaje; solo el chirrido del cuero, el brillo del aceite sobre el acero y el rítmico martilleo de los herreros asegurando las herraduras de los caballos de guerra.

Faron supervisaba la carga de los suministros en el patio principal. Sobre su pecho descansaba una coraza de acero pavonado, negra como el ala de un cuervo, y a su costado, oculta pero presente, la espada Lamento de Estrellas. Sentía la mirada de los sirvientes sobre él; sabían que esta partida no era un simple protocolo.

—No dejes que el rencor nuble tu guardia, Faron —dijo Lancel, acercándose con su capa de viaje ya abrochada—. Nothain es un laberinto de espejos. Nera usará tu ira como un arma contra ti.

—Mi ira es lo único que me mantiene despierto, tío —respondió Faron, ajustando las correas de su silla de montar—. Pero no te preocupes. He aprendido a pelear en la oscuridad.

A pocos metros, Meilyr pulía su hacha de combate con una intensidad maníaca. Había dejado de lado las jarras de vino; sus ojos estaban rojos, no por la bebida, sino por la falta de sueño y la concentración. Parecía un hombre que acababa de despertar de un largo letargo y buscaba redención en el filo de su arma.

Áedán, por su parte, revisaba los mapas del Bosque Real con una meticulosidad casi religiosa. Él no buscaba gloria, sino supervivencia. Había empacado raciones extras y suministros médicos, preparándose para el peor escenario posible con la seriedad que lo caracterizaba.

—¿Crees que habrá dragones de piedra en las puertas de Nothain? —preguntó una voz pequeña pero firme.

Era Delayna. A pesar de sus doce años, montaba su yegua blanca con la elegancia de una reina. Llevaba un arco corto a la espalda y una daga de hueso de dragón en el cinto, un regalo que Lancel le había entregado esa misma mañana. Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y una curiosidad salvaje.

—Habrá muchas estatuas, pequeña —respondió Áedán sin levantar la vista del mapa—. Pero cuídate de los que parecen estar vivos y sonríen demasiado. Esos son los más peligrosos.

Lancel montó su imponente semental negro y levantó la mano, dando la señal de partida. El rastrillo de la fortaleza se elevó con un estruendo metálico que resonó en todo el valle.

—Escuchen bien —rugió Lancel, mirando a los cuatro jóvenes—. Vamos a Nothain a rendir respeto a un Rey moribundo, pero somos la sangre de Aelnora. No agachen la cabeza ante nadie, ni siquiera ante la Regente. Si Nera quiere sangre, se ahogará en la nuestra antes de tocar a uno solo de ustedes.

Faron lideró la marcha. Al cruzar el arco de salida, echó un último vistazo hacia atrás, a las torres que lo habían visto crecer. Sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que cuando regresaran, ya no serían los mismos.

Cinco jinetes se perdieron en la niebla del camino, avanzando hacia el corazón del reino de Nothain. La profecía de la anciana empezaba a caminar: tres hijos de la llama y un protector de hierro, dirigiéndose al lugar donde los dragones murieron, para ver si el fuego realmente podía renacer de las cenizas.




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