El camino hacia Nothain no era solo una transición de tierras, sino de ánimos. A medida que se alejaban de la calidez de su hogar, el paisaje se volvía más agresivo: riscos de piedra caliza que parecían colmillos y bosques de pinos tan densos que la luz del sol apenas lograba tocar el suelo.
Faron cabalgaba a la cabeza, con la mirada fija en el horizonte, pero sus sentidos estaban puestos en sus hermanos. Detrás de él, el silencio era solo interrumpido por el rítmico galope de los caballos y el roce del acero.
Al caer la tarde del tercer día, llegaron al Desfiladero de las Sombras, la frontera natural que dividía sus tierras del dominio directo de la Capital. Allí, un destacamento de jinetes con capas de color oro y carmesí —los colores de la casa real bajo el mando de Nera— los esperaba.
El líder del destacamento, un hombre de rostro afilado y ojos pequeños llamado Sir Kaelen, levantó la mano para detener la comitiva.
—Príncipe Lancel —saludó con una inclinación de cabeza que apenas rozaba el respeto—. La Regente Nera nos ha enviado para escoltarlos. Dice que los caminos no son seguros para la familia real en estos tiempos de enfermedad.
—Sé cuidar de los míos, Kaelen —respondió Lancel, su mano descansando con naturalidad sobre el pomo de su espada—. Hemos cruzado estas tierras desde antes de que tú supieras sujetar una lanza.
—Sin duda —sonrió el caballero, una expresión que no llegó a sus ojos—. Pero las órdenes de la Regente son claras. Ella desea que sus sobrinos lleguen intactos para el banquete de apertura del festival.
Faron sintió un tirón en la base del cráneo, una vibración que emanaba de la espada de su padre. Al mirar a Sir Kaelen, no vio a un escolta; vio a un carcelero.
—Déjalos pasar, tío —dijo Faron, su voz sonando extrañamente profunda, casi como un eco—. Si Nera quiere que veamos cómo gasta el oro del reino en guardias de colores brillantes, no la decepcionaremos.
Delayna, que cabalgaba junto a Áedán, soltó una pequeña risa burlona que hizo que Kaelen se tensara.
—¿Son esos los famosos "Leones de Oro"? —preguntó la niña, señalando las capas de los guardias—. Parecen más bien gatos domésticos asustados por el frío.
Meilyr, que había mantenido un silencio sepulcral durante todo el viaje, soltó un gruñido de advertencia, pero no apartó la mano de su hacha. Áedán, por su parte, observaba a los guardias uno a uno, memorizando rostros y armamento con la precisión de un estratega.
La escolta real se posicionó rodeando al grupo, convirtiendo la "protección" en una formación de custodia. A medida que avanzaban hacia el corazón del reino, la arquitectura se volvía más opulenta y opresiva. Estatuas monumentales de dragones decapitados adornaban los puentes, un recordatorio constante del decreto del Rey Nolan de borrar el pasado.
Finalmente, las murallas blancas de la Capital se alzaron ante ellos. El estandarte de la corona —el dragón dorado de Sundyre— ondeaba con fuerza, pero para Faron, el sol que lo iluminaba parecía carecer de calor.
—Recuerden —susurró Lancel mientras cruzaban el arco principal de la ciudad—. En este lugar, las paredes tienen oídos y el vino tiene veneno. Manténganse juntos.
Faron levantó la vista hacia el Gran Palacio. En el balcón más alto, una figura solitaria vestida de seda dorada los observaba. Aunque la distancia era mucha, Faron sintió el peso de esa mirada. Era Nera. La mujer que había sobrevivido mientras su madre ardía.
El Festival de Caza estaba a punto de comenzar, y el aire en Nothain ya olía a sangre vieja y fuego nuevo. Los hijos de Aelnora habían entrado en la jaula, pero el Rey Nolan y su Regente estaban por descubrir que no se puede encerrar a un dragón sin esperar que la estructura entera se consuma en llamas.