El estruendo de los cascos de los caballos contra el pavimento de piedra del patio principal del palacio resonó como una declaración de guerra. El grupo de Lancel se detuvo, formando una línea de acero y voluntad frente a la escalinata de mármol. Allí, bajo el dintel de la puerta real, la espera había terminado.
Nera no vestía de luto, a pesar de la agonía de su padre. Llevaba un vestido de seda dorada que parecía capturar cada rayo de luz, con un cuello alzado que le daba la apariencia de una cobra real lista para atacar. A su lado, permanecía una joven de una belleza pálida y melancólica: Morana.
A sus diecinueve años, Morana era el vivo reflejo de la tranquilidad, pero era una quietud inquietante. Sus manos estaban entrelazadas frente a ella, con los nudillos blancos de tanto apretar, y sus ojos —grandes y oscuros— miraban al suelo, moviéndose solo cuando su madre le daba un sutil toque en el codo. Era la pieza más preciada en el tablero de Nera, una marioneta de hilos invisibles.
Nera descendió los primeros peldaños con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, los cuales se clavaron de inmediato en Faron.
—Príncipe Lancel —dijo Nera, su voz era dulce como la miel mezclada con hiel—. Ha pasado demasiado tiempo. Nothain se siente más completo ahora que la familia está reunida bajo un mismo techo.
Lancel no desmontó de inmediato. Mantuvo la barbilla en alto, observando a la mujer que años atrás lloraba en el barro mientras su hermana moría.
—Regente Nera —respondió Lancel con una frialdad cortante—. Venimos por el llamado del Rey, no por la hospitalidad de su corte.
Nera ignoró el desaire y dirigió su atención a los jóvenes. Sus ojos recorrieron a Meilyr con desprecio, a Áedán con curiosidad y se detuvieron en la pequeña Delayna, quien le devolvió una mirada de puro desafío. Finalmente, su vista regresó a Faron.
—Mírate, Faron —susurró Nera—. Tienes tanto de tu padre, el príncipe Aithan... pero esos ojos son de Aelnora. Una lástima que heredaras la mirada de alguien que eligió las cenizas sobre el deber.
Faron desmontó, seguido por sus hermanos. Al dar un paso al frente, Morana finalmente levantó la vista. Hubo un destello de algo parecido a la lástima en sus ojos, una chispa de humanidad que se extinguió en cuanto Nera le puso una mano posesiva sobre el hombro.
—Morana, querida —dijo Nera con suavidad ponzoñosa—, saluda a tus primos. Especialmente a Faron. Después de todo, compartirán mucho tiempo durante el festival.
Morana dio un paso al frente, moviéndose con una gracia mecánica, como si cada centímetro de su avance hubiera sido ensayado mil veces frente a un espejo.
—Bienvenidos a la Capital —dijo Morana. Su voz era apenas un susurro, monocorde y carente de la pasión que ardía en sus primos—. Espero que el viaje no haya sido agotador. Mi abuelo... el Rey... se alegrará de saber que han llegado.
Faron inclinó la cabeza apenas un milímetro, sintiendo la incomodidad de la joven. Podía ver los hilos; Morana no era su enemiga por elección, sino por cautiverio. Era el escudo humano que Nera planeaba usar contra ellos.
—Espero que el Rey esté lo suficientemente lúcido para reconocernos, prima —respondió Faron con una voz que hizo que Sir Kaelen y los guardias se tensaran—. Porque traemos con nosotros recuerdos que no pueden ser ignorados.
Nera estrechó su agarre sobre el hombro de Morana, y la joven bajó la cabeza de inmediato, regresando a su estado de sumisión.
—El banquete se servirá al anochecer —declaró Nera, dándose la vuelta con un movimiento fluido de su capa—. Prepárense. Nothain tiene mucho que mostrarles, y la caza de mañana... oh, la caza de mañana será algo que nadie en este reino olvidará jamás.
Mientras Nera y Morana subían las escaleras, Faron sintió un escalofrío. Morana se detuvo un segundo antes de entrar al palacio y lanzó una última mirada hacia atrás, una mirada que pedía auxilio o advertía de un peligro inminente. Faron supo entonces que en ese nido de víboras, la marioneta de Nera podría ser la pieza que hiciera caer todo el tablero.