El Bosque Real de Nothain amaneció envuelto en una bruma espesa que devoraba los sonidos. Era una mañana de caza, donde el estruendo de los cuernos y el ladrido de los sabuesos anunciaban la persecución de ciervos y jabalíes. Pero bajo la algarabía oficial, latía una tensión que ningún rastro de animal podía ocultar.
En el campamento base, Lancel permanecía de pie junto a las carpas de seda, con la mano apoyada en el pomo de su espada. A su alrededor, los nobles de Nera brindaban con vino caliente y presumían de sus proezas, pero él no les prestaba atención. Sus ojos escudriñaban la línea de los árboles, esperando ver aparecer los estandartes de sus hijos.
—¿Preocupado, Príncipe? —preguntó Sir Kaelen, acercándose con una sonrisa cínica—. Sus hijos son jóvenes fuertes. Seguramente traerán la cabeza del jabalí más grande del bosque.
—Mis hijos saben que en este bosque no solo los animales tienen colmillos —respondió Lancel, sin mirarlo.
Delayna se había hartado de la espera. Estar sentada junto a su padre escuchando las mentiras de la corte era un castigo peor que cualquier entrenamiento. Aprovechando que la atención de Lancel se centró en un grupo de mensajeros, la niña de doce años se deslizó entre las carpas y se internó en la espesura.
Se alejó lo suficiente para no oír las risas del campamento. El suelo del bosque estaba cubierto de musgo húmedo y helechos que le llegaban a la cintura. Mientras seguía el rastro de una mariposa azul, llegó a una hondonada oculta bajo las raíces retorcidas de un roble milenario.
Allí, encajado en un hueco de piedra caliza que parecía haber sido calcinada hace décadas, algo brilló.
Delayna se arrodilló, apartando las hojas secas con curiosidad. No era una piedra común. Era un objeto ovalado, del tamaño de una cabeza humana, cubierto de escamas tan negras rosadas y pulidas que parecían obsidiana. Al tocarlo, un calor antinatural subió por sus dedos, un latido rítmico que vibraba contra su palma.
—Un huevo... —susurró, con los ojos abiertos de par en par. La inocencia en su rostro desapareció, reemplazada por una maravilla ancestral.
A pocos metros de allí, Faron avanzaba entre la maleza con el arco tensado. Sus hermanos, Meilyr y Áedán, se habían desviado hacia el norte siguiendo el rastro de un ciervo real, pero Faron había escuchado un crujido pesado cerca del arroyo.
Sus sentidos, agudizados por el entrenamiento y la adrenalina, detectaron movimiento tras unos arbustos altos. La bruma distorsionaba las formas, convirtiendo las sombras en monstruos. Vio una silueta agachada, moviéndose entre los helechos.
"Un jabalí. Uno grande", pensó Faron.
Lentamente, contuvo la respiración y apuntó. La cuerda del arco rozaba su mejilla. El movimiento cesó. La presa estaba quieta, vulnerable. Faron comenzó a liberar la tensión del arco, listo para soltar la flecha que atravesaría el cuello de la bestia, cuando una voz familiar rompió el silencio del bosque.
—Es... es caliente. Como si tuviera un corazón dentro.
Faron bajó el arco de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas. El sudor frío le recorrió la nuca. Aquella no era la silueta de un animal.
—¿Delayna? —gritó, saliendo de entre los árboles con pasos desesperados.
La niña se sobresaltó, cubriendo instintivamente el objeto con su pequeña capa de viaje. Miró a su hermano con una mezcla de miedo y triunfo.
—¡Casi me disparas, Faron! —le recriminó, aunque su voz temblaba de emoción—. Ven a ver. Mira lo que he encontrado.
Faron se acercó, dispuesto a regañarla por alejarse de la base, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Al apartar la capa, el huevo de dragón negro e rosado pareció absorber la poca luz que se filtraba entre las copas de los árboles.
El mundo pareció detenerse. En el bosque de Nothain, donde se suponía que los dragones eran solo mitos y cenizas, el legado de Aelnora acababa de latir bajo las manos de una niña. Faron miró el huevo y luego hacia el campamento; si Nera o sus hombres veían aquello, la cacería de animales se convertiría, en ese mismo instante, en una masacre humana.