Renacimiento de Dragones

Capitulo 16

Faron cayó de rodillas junto a su hermana, olvidando por completo el arco y la aljaba. El aire a su alrededor parecía haberse vuelto más denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara.

-Delayna, suéltalo-susurró Faron, aunque sus propios ojos no podían apartarse de la superficie escamosa del huevo-. Es... es una reliquia de la muerte. No debería estar aquí.

-No está muerto, Faron-replicó la niña, pegando el huevo a su pecho con una terquedad feroz-. Está respirando. Siente... pon la mano.

Faron extendió sus dedos temblorosos. En cuanto rozó la superficie de obsidiana, una sacudida de calor recorrió su brazo, disparando una visión fugaz en su mente: un cielo negro, el rugido de Stormkiller y el olor a azufre. No era solo un objeto; era un fragmento de la voluntad de su madre que se habia negado a convertirse en ceniza.

-Tenemos que esconderlo-dijo Faron, recuperando la compostura mientras miraba frenéticamente a su alrededor-. Si uno de los hombres de Nera nos encuentra con esto, no habrá juicio. Nos ejecutarán aquí mismo por alta traición y robo de propiedad real.

-¡Yo lo encontré! -protestó Delayna en un susurro airado-. Es de nuestra sangre. Ella lo dejó para nosotros, lo sé.

Antes de que Faron pudiera responder, el sonido de cascos de caballos y ladridos de perros se escuchó a lo lejos, acercándose desde el norte. Meilyr y Aedán no tardarían en llegar, pero con ellos vendría el resto de la partida de caza.

Faron se quitó su pesada capa de cuero y envolvió el huevo con movimientos rápidos y precisos.

-Escúchame bien, Delayna. A partir de este momento, esto no existe. No se lo digas a Meilyr, ni a Aedán... ni siquiera a nuestro padre, no todavía.

-¿Por qué no a papá? -preguntó ella, con los ojos empañados.

-Porque él nos enseñó a cazarlos, ¿recuerdas? -la voz de Faron era amarga-. Si Lancel ve esto, verá una amenaza, no un milagro. Verá el fuego que mató a la mujer que amaba.

Faron ocultó el bulto en el fondo de su morral de caza, cubriéndolo con las redes y las cuerdas. Justo cuando terminaba de ajustar las correas, la maleza se abrió y Aedán apareció montado en su caballo, seguido por un Meilyr que cargaba un ciervo joven sobre los hombros.

-¡Faron! ¡Ahí están! -gritó Meilyr, dejando caer la presa con un golpe sordo. ¿Qué hacen aquí parados? El viejo Kaelen ya está enviando exploradores porque la pequeña desapareció del campamento.

Aedán frenó su caballo, observando a Faron y Delayna con su habitual mirada analítica. Notó la palidez de su hermano mayor y la forma en que Delayna evitaba mirarlo a los ojos.

-Parece que han visto a un fantasma -dijo Aedán, bajando de la montura-. Faron, ¿qué ha pasado? Tu arco está en el suelo.

-Casi confundo a Delayna con un jabali mintió Faron, y la mentira le pesó en la lengua como el plomo-. El susto me ha dejado sin aliento. Vámonos de aquí antes de que la guardia real decida que somos nosotros las presas.

Meilyr soltó una carcajada ruda, pero Aedán no se rió. Caminó hacia el lugar donde Delayna había estado arrodillada y observó la tierra removida y la piedra calcinada. Por un segundo, el joven serio y honesto pareció oler el aire, detectando el rastro de ozono y calor que el huevo había dejado atrás.

-Vámonos -insistió Faron, montando su caballo y haciendo una seña a Delayna para que subiera tras él-. El Festival de Caza ha terminado para nosotros hoy.

Mientras cabalgaban de regreso al campamento base, Faron sentia el calor del huevo golpeando contra su espalda a través del morral. Tres hijos de la sangre de dragón regresaban al lado de su padre, pero ahora llevaban consigo el germen de la destrucción... o del renacimiento. El juego de Nera había cambiado, y ella aún no lo sabia.




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