El Gran Salón de Nothain, usualmente frío y solemne, bullia bajo la luz de un millar de velas de cera de abeja. El aroma del jabali asado con hierbas, el vino especiado y el pan recién horneado llenaba el aire, mientras los laúdes y las flautas tejian una melodía suave que invitaba al olvido. Por una noche, las sombras de la guerra y el luto parecieron disolverse en el tintineo de las copas de plata.
En la cabecera, el Rey Nolan presidia la mesa con una vitalidad que nadie esperaba. Tenía las mejillas encendidas por el vino y una sonrisa genuina mientras observaba a sus nietos. Ver a los hijos de Aelnora compartiendo el pan en su mesa parecía haberle devuelto diez años de vida.
-Hacía mucho tiempo que estos muros no escuchaban risas, Lancel -dijo el Rey, inclinándose hacia su yerno-. Mira a esos muchachos. Son el orgullo de mi linaje.
A su derecha, Nera se comportaba como la anfitriona perfecta. Habia dejado a un lado la rigidez de la Regencia y su vestido de seda verde esmeralda brillaba con cada uno de sus movimientos elegantes. Charlaba animadamente con Meilyr sobre las proezas de la caza del día, riendo de las exageraciones del joven príncipe sobre el tamaño del ciervo que había cobrado.
Incluso Morana, sentada frente a Aedán, parecía haber salido de su caparazón de silencio. El joven serio y honesto le explicaba con paciencia la geografía de las tierras del norte, y por primera vez, una pequeña y tímida risa escapó de los labios de la marioneta de Nera.
-Eres demasiado serio para tu edad, primo le decía Morana, con los ojos brillando a la luz de las velas-. Deberías aprender de Delayna; ella parece haber encontrado un tesoro en el bosque, no deja de sonreír.
Delayna, efectivamente, rebosaba una alegria contagiosa. Se sentaba entre Faron y su padre, comiendo dulces de miel con un entusiasmo que distraía a cualquiera. Solo Faron, que apenas probaba bocado, sentía el peso del morral que había dejado escondido bajo llave en su alcoba. Cada vez que su hermana soltaba una carcajada, él sentía un vuelco en el corazón.
-¡Y entonces Faron casi se cae del caballo por un arbusto! -exclamó Delayna, provocando una carcajada general en la mesa.
Faron forzó una sonrisa y levantó su copa hacia su abuelo.
-El bosque de Nothain tiene sorpresas que uno no espera, Majestad-dijo Faron, cruzando una mirada fugaz con Nera.
La Regente levantó su copa también, con una serenidad absoluta.
-En Nothain, siempre encontramos lo que buscamos, Faron. O lo que el destino cree que merecemos.
Por un momento, el espejismo fue perfecto. Lancel se relajó, viendo a sus hijos seguros y aceptados. Meilyr contaba chistes, Aedán debatía con cortesía y el Rey Nolan brindaba por la "unión eterna de la sangre". Parecían, a ojos de cualquier observador, la familia más unida del reino.
No habia rastro del fuego negro, ni de la bastarda herida en el fango, ni de la traición. Era una noche ganada al dolor. Pero bajo la mesa, Faron sentia que sus manos seguían calientes, como si el latido del huevo de dragón hubiera quedado tatuado en su piel.
La cena continuó entre bailes y relatos, una tregua bendecida por la música. Sin embargo, en el rincón más oscuro del salón, la anciana que había hablado con Nolan observaba la escena tras una columna. Ella sabía que esa risa era el último suspiro de una paz que ya estaba muerta, y que el "tesoro" que Delayna protegía estaba a punto de devorar la tranquilidad de aquella mesa.