Renacimiento de Dragones

Capitulo 18

Los días en la capital transcurrían bajo un sol engañoso. Mientras los jóvenes príncipes practicaban en el patio o exploraban los jardines bajo la vigilancia de la guardia real, el verdadero juego se desarrollaba tras las puertas de roble del consejo.

El aire en el salón privado del Rey estaba cargado de incienso y del pesado aroma del vino de verano. Nolan permanecía sentado en su sillón, observando a través de la ventana cómo sus nietos se movían por el patio, mientras Nera y Lancel se enfrentaban en una danza de palabras que llevaba horas gestándose.

Nera se puso en pie, su vestido de seda rozando el suelo con un siseo metálico. Se acercó a Lancel, que permanecía de pie con los brazos cruzados, una muralla de cuero y cicatrices frente a la opulencia de la Regente.

-Lancel, seamos realistas -dijo Nera con voz suave, casi intima-. Mi padre no vivirá para ver el próximo invierno. Cuando él se vaya, el reino se dividirá entre los que apoyan mi regencia y los que aún sueñan con la línea de Aelnora. Una guerra civil solo dejará cenizas para que nuestros hijos las hereden.

Lancel entrecerró los ojos.

-¿Y qué propones, Nera? ¿Que olvidemos el pasado con un decreto real?

Nera sonrió, una expresión de astucia pura. Se volvió hacia Nolan, buscando su aprobación antes de lanzar la estocada final.

-Propongo una unión definitiva -declaró ella -. Morana está en edad de casarse. Es una joven virtuosa, tranquila y de sangre real. Casémosla con uno de tus hijos. Que sea Faron, para unir las dos líneas principales, o quizás Meilyr o el serio Aedán. Cualquiera de ellos aseguraría que la corona nunca más tenga dos dueños. Uniremos la legitimidad de Aelnora con el poder que yo sostengo ahora.

El Rey Nolan asintió lentamente, sus ojos brillando con la idea de morir viendo a su familia finalmente cosida por un hilo matrimonial.

-Es una solución sabia, Lancel. La paz vale más que cualquier orgullo antiguo.

Lancel sintió una náusea repentina que no tenía nada que ver con el banquete de la noche anterior. Miró a Nera, viendo en ella la misma ambición fría que había destruido a su hermana años atrás. Ahora quería usar a su hija, la silenciosa Morana, como una cadena para atar a sus hijos.

-No-dijo Lancel. La palabra resonó en la sala como el golpe de un hacha contra la madera.

Nera parpadeó, sorprendida por la inmediatez del rechazo.

-¿No? ¿Acaso mi hija no es digna? ¿O es que tus hijos se creen demasiado puros para mezclarse con mi linaje?

-No se trata de pureza, Nera. Se trata de decencia -respondió Lancel, dando un paso hacia ella-. Morana es su prima hermana. En mis tierras, y bajo la fe que yo profeso, no cruzamos la sangre de esa manera. No convertiré a mis hijos en cómplices de un incesto para satisfacer tu hambre de control. No voy a criar hijos para que compartan el lecho con su propia familia por un trozo de metal en la cabeza.

Nolan suspiró, cerrando los ojos con cansancio, pero Nera se puso livida. El insulto a su propuesta y a su hija la golpeó como una bofetada.

-Es una práctica común en las casas de dragones, Lancel -siseó Nera-, Los antiguos reyes lo hacían para mantener el fuego puro.

-Los antiguos reyes están todos muertos y sus dragones son huesos en el barro -replicó Lancel con una ferocidad contenida-. Mis hijos son hombres, no sementales de cría para tus ambiciones. Si quieres paz, búscala con justicia, no con la cama de tu hija.

Lancel se dio la vuelta para salir, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró a Nolan.

-Majestad, cuide a Morana. Ella merece un esposo que la quiera por quién es, no un primo que la mire y vea en ella el rostro de la mujer que causó la ruina de su madre.

Cuando la puerta se cerró tras Lancel, el silencio en la sala era sepulcral. Nera apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas.

-Ha rechazado la mano de la paz, padre susurró ella, volviéndose hacia el Rey-. Ahora, que no se queje cuando lo que encuentre sea el filo del acero.

Nolan no respondió. Solo miró hacia el patio, donde Faron y Morana conversaban a lo lejos, ajenos a que la oportunidad de una unión pacífica acababa de arder en el orgullo de un padre que prefería la guerra antes que manchar la sangre de sus hijos.




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