Renacimiento de Dragones

Capitulo 19

El sol de la tarde caia suave sobre el patio de armas, bañando las piedras con un tono ambarino. Era un momento de extraña calma; las espadas de práctica descansaban contra las estanterías de madera y la tensión del consejo parecía un eco lejano.

Morana estaba sentada en un banco de piedra, observando a sus primos. Por primera vez en días, sus hombros no estaban rigidos y sus manos no temblaban. La cercanía de los hijos de Aelnora parecía haberle contagiado una libertad que nunca encontraba bajo la vigilancia de Nera.

-¿Saben? -dijo Morana, rompiendo el silencio con una voz suave pero clara-. En la aldea, más allá de estas murallas, la gente no deja de hablar de ustedes.

Meilyr, que estaba sentado en el suelo afilando una daga por pura costumbre, levantó la vista con una sonrisa de lado.

-Espero que hablen de mi habilidad con el hacha y no de las jarras que vacío en las tabernas, prima.

Morana soltó una risita genuina, un sonido que hizo que incluso Aedán, que limpiaba su arco con meticulosidad, se detuviera a escuchar.

-No son solo rumores-continuó Morana-. El pueblo les ha dado nombres. Dicen que los hijos de la Princesa Caída han vuelto para reclamar el aire. Se volvió hacia el hermano mediano.

-A ti, Meilyr, te llaman "La Risa de la Tormenta". Dicen que cuando entras en combate, tu risa se escucha por encima del choque del acero, como el trueno que precede a la lluvia.

Meilyr ensanchó el pecho, claramente complacido con el título.

-Me gusta. Suena a algo que un bardo cantaría después de muchas cervezas.

Morana miró entonces a Aedán, quien permanecia impasible bajo la sombra de un arco.

-A ti, Áedán, te llaman "El Ojo del Dragón". Dicen que nada se escapa a tu mirada, que puedes ver la verdad en el corazón de un hombre antes de que abra la boca, y que tu flecha siempre encuentra el lugar donde el alma se une al cuerpo.

Aedán asintió solemnemente. No era orgullo lo que sentía, sino el peso de una responsabilidad que ya conocía.

Delayna, que estaba practicando equilibrios sobre una viga de madera, saltó al suelo con agilidad y se acercó a Morana, con los ojos brillando de curiosidad.

-¿Y para mí? ¿Tienen algo para mí o solo soy "la niña"?

-No-respondió Morana con una sabiduría que superaba sus diecinueve años-. Te Ilaman así porque dicen que eres el único capaz de caminar sobre las ruinas sin quemarte. Dicen que de las cenizas nace lo más fuerte, y que tú guardas el calor que el resto del mundo ya olvidó.

Faron miró sus manos, las mismas que habían sentido el latido del huevo de dragón en el bosque. El título no era un insulto; era una profecía. El Príncipe de las Cenizas no era el final de una historia, sino el guardián de lo que estaba por renacer.

-Nombres peligrosos para tiempos peligrosos -concluyó Faron, mirando a sus hermanos-. Pero si el pueblo nos ha nombrado, será mejor que estemos a la altura de lo que esperan de nosotros.

Morana bajó la vista, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía que esos nombres llegarían a oidos de su madre, y que para Nera, "La Tormenta" y "Las Cenizas" no eran leyendas, sino amenazas que debían ser sofocadas antes de que se convirtieran en un incendio real.




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