La risa de los jóvenes continuó resonando en el patio hasta que las sombras de las torres se alargaron tanto que se fundieron con la noche. Por unas horas, la diferencia entre "leales" y "traidores" se borró bajo el calor de la camaraderia. Morana se sintió, por primera vez en su vida, parte de algo vivo, y los hijos de Aelnora se permitieron olvidar que el suelo que pisaban era territorio enemigo. Se retiraron a sus habitaciones con el alma ligera, ajenos a que la paz de la superficie era solo el preludio de una tormenta de entrañas oscuras.
Mientras el palacio dormia bajo el manto plateado de la luna, en los aposentos de la Regente el fuego de la chimenea se negaba a morir. Nera permanecía de pie frente a un gran espejo de plata, cepillando su cabello con movimientos lentos y rítmicos. Sus ojos, fríos como lagos congelados, no veían su propio reflejo, sino las piezas de un tablero que se le escapaba de las manos.
-"Principe de las Cenizas"... "La Risa de la Tormenta"... -susurró para sí misma, con una mueca de desprecio-. El pueblo siempre ha sido propenso a la poesia barata. No entienden que las cenizas solo sirven para ensuciar y la tormenta para destruir las cosechas.
Nera dejó el cepillo sobre el tocador. El rechazo de Lancel en el consejo seguia ardiendo en su pecho como una brasa. Él habia despreciado su oferta de paz, había insultado su linaje y, lo que era peor, mantenía a esos muchachos como una muralla de acero que ella no podia flanquear.
-Si no puedo unirlos por la ley, tendré que romperlos por el deseo -murmuró, mientras sus dedos trazaban el contorno de un frasco de perfume exótico traído de las tierras del sur.
Nera conocía bien a los hombres. Sabía que incluso los más rectos, los que se forjaban en el campo de batalla, tenian grietas en su armadura. Lancel era un hombre de honor, si, pero también era un hombre que llevaba años cargando con el fantasma de una mujer que prefirió morir antes que vivir a su lado. Era un hombre solo, rodeado de hijos que le recordaban constantemente su fracaso al no poder salvar a Aelnora.
Una idea comenzó a tomar forma en su mente, retorcida y brillante como una joya envenenada.
Si lograba seducir a Lancel, si conseguía entrar en su cama y en sus pensamientos, la muralla caería. No necesitaba casar a Morana con uno de los hijos; necesitaba que el padre bajara la guardia. Una vez que Lancel estuviera bajo su influencia, podría sembrar la duda entre él y sus hijos. Podría separar al "Príncipe de las Cenizas" de su protector, debilitar la lealtad del serio Aedán y enviar al rebelde Meilyr a una misión sin retorno.
-Un hombre enamorado -o simplemente un hombre distraído- es un hombre ciego -dijo Nera a su reflejo, mientras una sonrisa depredadora se dibujaba en su rostro-. Lancel cree que su virtud es su escudo, pero yo convertiré su soledad en su tumba.
Se acercó a la ventana y miró hacia la torre donde se hospedaban los hijos de su hermana. En su mente, ya los veia dispersos, vulnerables. La caza de animales en el bosque había sido un juego de niños; la verdadera cacería comenzaría ahora en los pasillos silenciosos del palacio, donde el arma no sería una flecha, sino un susurro al oído y el roce de la seda contra la piel.
Nera se retiró a su lecho, pero no para dormir. Se quedó mirando el techo, ensayando las palabras, los gestos y las miradas que usaría para reclamar el corazón del hombre que se atrevió a decirle "no". El destino de los hijos de Aelnora estaba a punto de quedar atrapado en la red más peligrosa de todas: la ambición de una mujer que no conocía límites.