La mañana se presentó con una claridad cristalina, lejos de las brumas opresivas de los días anteriores. En los establos reales, el aroma a heno fresco y cuero limpio envolvía a Lancel, quien ajustaba personalmente las cinchas de la pequeña yegua blanca de su hija. No quería palafrenes ni guardias reales cerca; esta mañana, el mundo exterior no existía.
—¡Ya estoy lista! —el grito de Delayna resonó en las vigas del establo antes de que ella apareciera corriendo, con las botas llenas de barro y el arco al hombro.
Lancel se giró, y la dureza que solía mostrar en las reuniones del consejo se desvaneció por completo. Sus ojos se suavizaron, y una sonrisa genuina, de esas que solo sus hijos conocían, iluminó su rostro curtido.
—Despacio, mi niña —dijo Lancel con voz cálida, extendiendo una mano para ayudarla a subir a la montura—. El bosque no se va a mover de su sitio, y tu yegua todavía está terminando su avena.
Salieron del palacio por una puerta lateral, evitando las miradas de los cortesanos y los espías de Nera. Cabalgaron hacia una colina cercana que dominaba el valle de Nothain, un lugar donde el viento soplaba con fuerza y el aire olía a libertad.
Durante un rato, el silencio fue su único compañero. Lancel observaba a Delayna de reojo. Cada vez que la veía reír o espolear a su montura, veía destellos de la madre que ella nunca conoció, pero también la chispa propia que la hacía única.
—Padre —dijo Delayna, frenando un poco para quedar a su lado—, ¿por qué aquí la gente nos mira como si fuéramos a estallar en llamas? Morana dice que somos leyendas, pero yo solo me siento como... yo.
Lancel suspiró y detuvo a su semental. Se bajó del caballo y ayudó a Delayna a descender.
—Ven aquí, pequeñan—la llamó, sentándose sobre una roca que miraba al horizonte. Ella se acomodó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro—. La gente en la Capital tiene miedo porque el miedo es lo único que han conocido bajo el mando de tu abuelo y Nera. Ven en ustedes el recuerdo de lo que perdieron, y eso les asusta tanto como les fascina.
Lancel le rodeó los hombros con su brazo protector. En ese momento, lejos de las intrigas de Nera y sus planes de seducción, Lancel solo era un hombre tratando de mantener a salvo la última pizca de inocencia de su familia.
—Tú no eres una leyenda, ni una chispa, ni una tormenta —le susurró al oído, usando el tono que usaba cuando le contaba cuentos de pequeña—. Para mí, solo eres mi hija. Mi niña pequeña que todavía se olvida de limpiar sus flechas después de usarlas. No dejes que sus apodos y sus juegos de poder te cambien.
Delayna lo miró con sus ojos grandes y brillantes. Por un segundo, estuvo a punto de contarle lo del huevo de dragón, de confesarle que el calor de la obsidiana quemaba en su alcoba. Pero recordó la advertencia de Faron y el miedo que su padre sentía por el fuego que destruyó su pasado.
—Te quiero, papá —dijo en su lugar, abrazándolo con fuerza.
—Y yo a ti, pequeña —respondió Lancel, besando su frente—. Más que a mi propia vida.
Mientras permanecían allí abrazados, el sol bañándolos con su luz dorada, Lancel juró para sus adentros que ninguna reina y ningún trono mancharía la pureza de esa niña. No sabía que, mientras él buscaba protegerla en ese paseo solitario, el destino ya había puesto en manos de Delayna el arma que cambiaría el mundo, y que la paz que sentía en ese momento era el último regalo antes de que la verdadera tormenta se desatara.