Renacimiento de Dragones

Capitulo 22

Mientras Lancel y Delayna regresaban del paseo, el sol comenzaba a teñir el cielo de un naranja violáceo, el color de las brasas que se apagan. Lancel se sentía renovado; el tiempo con su hija era el único bálsamo que lograba adormecer las cicatrices de su alma. Sin embargo, al cruzar el umbral de los jardines interiores del palacio, la paz se desvaneció.

Nera estaba allí.

No llevaba su corona de regente, ni sus pesadas sedas reales. Vestía una túnica sencilla de lino blanco que dejaba sus hombros al descubierto, y su cabello caía suelto, sin joyas ni trenzas complicadas. Parecía una mujer vulnerable, herida por la soledad del poder. Al verlos llegar, forzó una expresión de sorpresa mezclada con una tristeza profunda.

—Príncipe Lancel... Delayna —dijo con voz trémula—. Perdonen mi intrusión en su regreso, pero el aire del palacio se me hacía irrespirable esta tarde.

Lancel desmontó, entregando las riendas a un mozo de cuadra. Su instinto de guerrero le gritó que algo no encajaba, pero ver a la mujer que gobernaba el reino con puño de hierro con los ojos empañados en lágrimas lo descolocó.

—Ve a buscar a tus hermanos, pequeña —le susurró Lancel a Delayna, dándole un suave apretón en el hombro—. Te veré en la cena.

Delayna miró a Nera con desconfianza, pero asintió y se alejó corriendo hacia la torre. Lancel se quedó a solas con la Regente bajo la sombra de un sauce llorón.

—¿Qué sucede, Nera? —preguntó él, manteniendo la distancia—. No es propio de ti mostrarte así ante los muros.

—¿Propio de mí? —Nera soltó una risa amarga y se acercó un paso, lo suficiente para que Lancel pudiera oler el aroma a jazmín y algo más dulce, casi embriagador—. Lancel, tú me ves como el monstruo que sobrevivió a tu amada Aelnora. Me ves como la usurpadora. Pero nadie ve el peso de sostener un reino que se desmorona mientras mi padre muere lentamente en una cama.

Se llevó una mano al pecho, rozando la piel desnuda de su cuello.

—Estoy sola, Lancel. Tan sola como tú lo has estado todos estos años. Me rechazas porque crees que busco poder, pero lo que busco es... seguridad. Alguien en quien confiar cuando las luces se apagan.

Nera acortó la distancia final. Puso una mano suave sobre el antebrazo de Lancel, justo sobre una vieja cicatriz de batalla. Su tacto era cálido, casi reconfortante. Lancel se tensó, pero no se apartó. La vulnerabilidad de Nera era un arma que no sabía cómo combatir con una espada.

—Lamenté mucho mi propuesta en el consejo —susurró ella, alzando la vista para encontrar los ojos de él—. Fui fría. Fui política. No pensé en el corazón de un padre. Perdóname, Lancel. Solo quería que nuestras familias dejaran de odiarse.

—El odio no se borra con un contrato matrimonial, Nera —respondió Lancel, aunque su voz ya no tenía la misma dureza que en el salón del trono.

—Lo sé. Se borra con esto —Nera se inclinó hacia él, rozando ligeramente su hombro con el suyo. Fue un contacto fugaz, casi accidental, pero cargado de una intención que Lancel, en su larga soledad, no pudo ignorar por completo—. Se borra con la verdad.

Nera le dedicó una última mirada cargada de una melancolía estudiada antes de dar media vuelta.

—Mañana, si me lo permites, me gustaría que me acompañaras a los viñedos. Sin guardias. Solo dos personas cansadas de cargar con el mundo sobre sus hombros.

Mientras ella se alejaba, Lancel se quedó inmóvil en el jardín. No vio la sonrisa triunfal que se dibujó en el rostro de Nera en cuanto le dio la espalda. La red estaba echada. El hombre que había jurado proteger a sus hijos contra el fuego de los dragones no se había dado cuenta de que acababa de permitir que la serpiente entrara en su propia armadura.




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