La mañana en los viñedos reales de Nothain era un despliegue de colores vibrantes. Las vides, cargadas de frutos púrpuras y dulces, se extendían por las colinas como un mar de terciopelo verde. Era un lugar diseñado para el placer, lejos del eco metálico de las espadas y el aire viciado de las conspiraciones de pasillo.
Lancel cabalgaba al lado de Nera. Ella cumplió su promesa: no había guardias a la vista, aunque Lancel sabía que Sir Kaelen y sus hombres estarían apostados en el perímetro, ocultos entre los árboles. Nera lucía un vestido de montar sencillo que resaltaba su figura, y su risa, ligera y constante, parecía haber borrado por completo a la regente implacable.
—¿Recuerdas este lugar, Lancel? —preguntó ella, deteniendo su caballo cerca de un cenador cubierto de hiedra—. Antes de la guerra, antes de que todo se volviera gris... solíamos venir aquí de niños.
Lancel desmontó y la ayudó a bajar. Por un instante, el peso de sus manos en la cintura de Nera se prolongó un segundo más de lo necesario. Él sentía una confusión creciente; la mujer a su lado no se parecía en nada al monstruo que había imaginado durante años.
—Recuerdo que Aelnora odiaba el dulce de estas uvas —respondió Lancel, tratando de anclarse a su pasado para no sucumbir al presente.
Nera suspiró y caminó hacia el borde de la colina, mirando hacia la capital.
—Siempre ella. Siempre su sombra interponiéndose entre nosotros. ¿Alguna vez te has preguntado, Lancel, si ella te habría amado tanto como tú la amaste a ella? ¿O si solo eras el guerrero que necesitaba para su causa?
Lancel se tensó, pero Nera se giró rápidamente, poniendo una mano sobre su pecho, justo encima del corazón.
—No lo digo por maldad. Lo digo porque yo te veo, Lancel. Veo al hombre que se sacrificó por una corona que no era suya. Veo al padre que daría su vida por unos hijos que... quizás... necesitan algo más que una espada para protegerlos.
Nera se acercó tanto que Lancel pudo sentir el calor que emanaba de su piel.
—Necesitan una madre, Lancel. Y tú necesitas una aliada que no te obligue a elegir entre tu honor y tu supervivencia.
Lancel miró a Nera. En su soledad, en ese exilio emocional en el que había vivido desde la caída de Aelnora, las palabras de la Regente sonaban como una promesa de descanso. Ella no estaba pidiendo una boda política; estaba ofreciendo una conexión, una complicidad que él no había sentido en décadas.
—Nera... yo no puedo... —murmuró Lancel, pero su voz carecía de la convicción de antaño.
—No digas nada —susurró ella, alzándose sobre las puntas de sus pies. Sus labios rozaron la mejilla de Lancel, una caricia suave que fue bajando hasta la comisura de su boca—. Solo deja de pelear conmigo por un momento. Deja de ser el Príncipe de Hierro y sé solo un hombre.
Lancel cerró los ojos, y por un breve instante, su guardia cayó. No fue un beso de amor, sino un beso de necesidad y cansancio. En ese momento, en la soledad de los viñedos, la lealtad hacia la memoria de Aelnora flaqueó ante la presencia vibrante de la mujer que siempre había envidiado su fuego.
Nera, mientras sentía el corazón de Lancel latir con fuerza bajo su mano, sonrió internamente. Había logrado lo imposible: había tocado al hombre que nadie podía tocar. Ahora que tenía su confianza, o al menos su duda, los hijos de Aelnora estaban un paso más cerca de quedar desprotegidos. La serpiente finalmente había encontrado el hueco en la armadura del caballero, y el veneno empezaba a fluir.