El sol de la tarde se filtraba entre las hojas de los viñedos, creando un mosaico de luces y sombras sobre el camino de tierra. Meilyr avanzaba en silencio, con el arco largo en la mano y una aljaba llena de flechas a la espalda. Se había alejado del patio de armas principal, buscando la privacidad de las colinas para practicar su puntería a larga distancia, lejos de las miradas críticas de los guardias reales.
Llevaba días sin probar el vino, y la sobriedad le había devuelto una agudeza sensorial que casi había olvidado. Podía oler el dulzor de las uvas maduras y escuchar el zumbido de las abejas. Se detuvo cerca de un recodo del camino, visualizando un poste de madera a lo lejos como su objetivo.
Ajustó la postura, colocó la flecha y comenzó a tensar la cuerda. El músculo de su hombro se tensó, familiarizado con la resistencia del tejo. Justo cuando estaba a punto de soltar la cuerda, un sonido rompió su concentración. No era el viento, ni un animal. Eran voces. Voces bajas, íntimas, que provenían del cenador de hiedra que quedaba a unos pocos metros, oculto por la vegetación.
Meilyr destensó el arco lentamente. Su instinto de rebeldía, el mismo que lo llevaba a los burdeles, ahora se transformó en una curiosidad cautelosa. Se agachó, moviéndose entre las vides con la sigilo de un cazador. Se acercó lo suficiente para ver a través de un hueco entre las hojas.
Lo que vio congeló la sangre en sus venas.
Su padre, el Príncipe Lancel, el hombre que siempre hablaba de honor, deber y la memoria sagrada de Aelnora, estaba allí. Y no estaba solo. Nera estaba frente a él, tan cerca que sus cuerpos casi se tocaban. Meilyr vio la mano de Nera sobre el pecho de su padre, vio la inclinación de la cabeza de Lancel, y vio... el beso.
No fue un beso largo, ni apasionado, pero fue lo suficientemente íntimo para romper el mundo de Meilyr en mil pedazos. Vio a su padre sucumbir ante la mujer que había causado la ruina de su familia, la mujer que odiaba a sus hijos, la mujer que representaba todo contra lo que Lancel supuestamente luchaba.
Meilyr sintió un rugido sordo en sus oídos. La imagen de su padre besando a Nera se superpuso con los cuentos que Lancel le contaba de niño sobre la valentía de Aelnora y la traición de la bastarda. Toda su vida, Lancel había sido el pilar de granito, el guerrero inquebrantable. Y ahora, allí estaba, vendiendo su alma por un momento de debilidad en los brazos de la serpiente.
El arco tembló en la mano de Meilyr. Sin pensarlo, apretó el puño con tanta fuerza que la madera del arco crujió. El sonido fue leve, pero en el silencio del viñedo, sonó como un disparo.
Lancel y Nera se separaron bruscamente. Lancel se giró hacia el sonido, con la mano yendo instintivamente a su espada, con el rostro pálido y desencajado por la culpa. Nera, por el contrario, mantuvo la compostura, con una sonrisa fría y triunfal dibujándose en sus labios al ver quién salía de entre las vides.
Meilyr dio un paso al frente, saliendo de su escondite. No llevaba la sonrisa de "La Risa de la Tormenta"; su rostro era una máscara de furia y decepción absoluta. Miró a su padre, y luego a Nera, con un desprecio que quemaba.
—¿Así es como proteges la memoria de nuestra madre, padre? —preguntó Meilyr, con una voz que temblaba por la contención—. ¿Con la saliva de la mujer que la dejó arder?
Lancel dio un paso hacia su hijo, con la mano extendida.
—Meilyr, no es lo que parece... yo...
—No me toques —siseó Meilyr, retrocediendo—. He visto suficiente. He visto al gran Príncipe Lancel arrastrándose ante la Regente. Eres un hipócrita.
Meilyr miró el arco que tenía en la mano, el símbolo de la disciplina que su padre le había exigido. Con un movimiento brusco, lo estrelló contra una piedra del camino, partiéndolo en dos. El sonido de la madera rompiéndose selló la ruptura entre padre e hijo.
Sin decir una palabra más, Meilyr se dio la vuelta y se alejó corriendo por el viñedo, dejando atrás a un Lancel destrozado por la culpa y a una Nera que saboreaba la victoria. El "Ojo del Dragón" no lo había visto, pero "La Risa de la Tormenta" acababa de presenciar el momento en que la unidad de los hijos de Aelnora comenzaba a desmoronarse por culpa de la debilidad de su propio protector.