Renacimiento de Dragones

Capitulo 25

La noche en la Capital se sentía como una mortaja. Meilyr no regresó a la torre con sus hermanos, ni buscó el consuelo de la pequeña Delayna. En lugar de eso, se perdió en los callejones más bajos de Nothain, donde el olor a orín y carbón ahogaba el perfume de los viñedos.

Encontró lo que buscaba en una taberna llamada El Ancla de Hierro, un lugar donde la luz de las velas era escasa y las preguntas lo eran aún más. Se sentó en un rincón oscuro, de espaldas a la pared y la mirada fija en la entrada, como un animal herido que aún guarda sus dientes.

—Vino —fue lo único que le dijo al tabernero, arrojando una moneda de plata sobre la mesa con una violencia contenida.

Meilyr bebió en silencio, dejando que el líquido amargo le quemara la garganta. En su mente, la imagen de Lancel y Nera se repetía como una tortura. Recordaba las historias que los viejos soldados contaban en los campamentos sobre el joven Lancel: un guerrero indomable, el "Príncipe de Hierro" que desafiaba a los generales y se escapaba de las tiendas de campaña para luchar en la vanguardia.

Lancel había sido un rebelde. Había desafiado al Rey Nolan, había amado a la mujer prohibida y había luchado por un ideal que casi le cuesta la cabeza. Meilyr siempre se había sentido orgulloso de heredar ese fuego. Creía que su propia rebeldía, sus borracheras y sus desplantes eran una forma de honrar la sangre de un padre que nunca se doblegaba.

"Éramos iguales", pensó Meilyr, apretando la jarra hasta que sus nudillos blanquearon. "O eso creía yo"

Comparó al Lancel de las leyendas con el hombre que acababa de ver en el viñedo. El rebelde se había convertido en un cortesano. El hombre que una vez blandió el acero contra la injusticia ahora se dejaba seducir por la mujer que representaba la muerte de su propio legado.

—Te has vuelto blando, padre —susurró Meilyr para sí mismo, su voz apenas un hilo en medio del bullicio de la taberna—. El hierro se ha oxidado con la comodidad y el miedo.

Para Meilyr, la traición no era solo el beso; era la debilidad. Ver a su héroe caer de su pedestal dolió más que cualquier herida de hacha. Lancel le había enseñado a ser un hombre de honor, a cazar dragones y a proteger la sangre de Aelnora, mientras él mismo se entregaba a la serpiente que la devoró.

Pasaron las horas. La taberna se vació y se volvió a llenar, pero Meilyr no se movió. No habló con las mujeres que se le acercaron, ni respondió a las provocaciones de los borrachos locales. "La Risa de la Tormenta" se había apagado. Solo quedaba el frío que precede al rayo.

Se dio cuenta de que ya no podía confiar en la guía de su padre. Si el protector había fallado, el peso de la familia caía sobre los hombros de los hijos. Miró sus manos, grandes y callosas, capaces de partir un cráneo o de sostener la última esperanza de su linaje.

Cuando los primeros rayos del alba empezaron a colarse por las rendijas de la taberna, Meilyr se puso en pie. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero su mente estaba clara por primera vez en años. La rebeldía de Lancel había muerto en los brazos de Nera, pero la de Meilyr acababa de encontrar un propósito. Ya no pelearía por el nombre de su padre; pelearía por la verdad que su padre había decidido olvidar.

Salió de la taberna sin mirar atrás, con el hacha al cinto y el corazón blindado contra la piedad. La tormenta estaba regresando a palacio, y esta vez, no habría risas que la acompañaran.




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