El palacio de Nothain despertaba entre susurros y el tintineo de las armaduras de la guardia matutina. Sin embargo, en la torre de los hijos de Aelnora, el aire era gélido. Delayna no había pegado ojo. El asiento vacío de Meilyr en la mesa de la cena y el silencio sepulcral de Faron habían sido señales suficientes para que su instinto de "Chispa de la Tormenta" se encendiera.
Sin decir nada a sus hermanos mayores, la niña se escabulló por los pasillos laterales. Sabía dónde buscar; conocía el rastro de la amargura de Meilyr. Lo encontró cerca de las puertas de la ciudad baja, caminando con la pesadez de quien carga el mundo sobre sus hombros. Su ropa olía a vino barato y a humo, y sus ojos eran dos carbones apagados.
—Meilyr —llamó ella con suavidad.
El guerrero se detuvo. Al ver a su hermana pequeña, su rostro se contrajo en una mueca de dolor. No quería que ella fuera parte de la suciedad que ahora cubría su linaje.
—Vuelve al palacio, pequeña —gruñó él, aunque su voz no tenía fuerza—. Este no es lugar para ti.
—No me voy sin ti —respondió Delayna, tomándolo de la mano con una firmeza que lo obligó a ceder—. Faron y Áedán están esperando. Padre también.
Meilyr soltó una carcajada seca y amarga al oír la palabra "padre", pero permitió que la niña lo guiara de regreso.
Al llegar a las estancias privadas, el ambiente se tensó hasta casi romperse. Faron estaba de pie junto a la ventana, con el morral que contenía el huevo de dragón oculto bajo su capa, y Áedán revisaba unos pergaminos con una expresión de ansiedad contenida.
—¿Dónde demonios estabas? —preguntó Faron, girándose con brusquedad—. Lancel ha estado preguntando por ti y...
—No hables de él —le cortó Meilyr, soltándose del agarre de Delayna. Se dejó caer en una silla, mirando a sus hermanos con un desprecio que no era para ellos, sino para la sangre que compartían con el hombre que los lideraba—. No vuelvas a llamarlo "padre" en mi presencia.
Áedán dejó los pergaminos, su rostro volviéndose una máscara de seriedad absoluta.
—Habla, Meilyr. ¿Qué viste en los viñedos?
Meilyr levantó la vista, y las palabras salieron de su boca como dagas de hielo.
—Lo vi con ella. Con Nera. En el cenador de hiedra, donde nadie miraba. La estaba besando. El hombre que nos enseñó a odiarla, el hombre que juró lealtad a la memoria de nuestra madre... se ha entregado a la mujer que la destruyó. Se ha vendido, hermanos. Por un poco de consuelo de la Regente, ha vendido nuestra seguridad.
El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por un sollozo ahogado.
Delayna retrocedió, llevándose las manos a la boca. La imagen de su padre llamándola "su niña" y "pequeña" apenas unas horas antes chocó violentamente con la imagen de él en brazos de la mujer que ella sabía que era su mayor enemiga. Para Delayna, su padre era el único puerto seguro en un mar de monstruos. Y ahora, el puerto se había hundido.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, calientes y rápidas.
—No... no es verdad —susurró ella, aunque la expresión de Meilyr le decía que no había duda—. Él nos quiere... él dijo que nos protegería...
Faron se acercó a ella y la rodeó con sus brazos, pero sus ojos estaban fijos en Meilyr. La furia en Faron era diferente a la de su hermano; era una llama azul, fría y calculada. El "Príncipe de las Cenizas" sentía cómo el suelo bajo sus pies se convertía en lava.
—Así que eso es —dijo Faron con una voz que hizo que incluso Meilyr se estremeciera—. Nera no necesitaba cazarnos en el bosque. Solo necesitaba cazar al corazón de nuestro líder.
Delayna rompió en un llanto desconsolado, escondiendo el rostro en la túnica de Faron. Sus sollozos resonaban en la estancia, marcando el fin de su infancia. La unidad de los hijos de Aelnora, forjada en la pérdida de una madre, acababa de ser herida de muerte por la debilidad de un padre.
—Ya no tenemos protector —dijo Áedán, su voz sonando extrañamente hueca—. A partir de hoy, solo nos tenemos a nosotros.
Faron apretó a su hermana contra él, sintiendo el calor del huevo de dragón en su espalda. Ya no había vuelta atrás. Si su padre se había entregado a la serpiente, ellos tendrían que convertirse en el fuego que la consumiera, aunque eso significara quemar al hombre que una vez amaron.