El llanto de Delayna era el único sonido que rasgaba el silencio de la madrugada. Faron la sostenía, pero sus ojos buscaban a Meilyr, esperando una reacción. El guerrero, que hasta hace unas horas era poco más que un borracho rebelde a la sombra de su padre, se puso en pie. No hubo tambaleos. La furia había quemado los restos del alcohol, dejando tras de sí una determinación de acero frío.
—Basta —dijo Meilyr. Su voz no fue un grito, sino un mandato que cortó el aire.
Delayna alzó la vista, hipando, sorprendida por la nueva autoridad en el tono de su hermano. Meilyr se acercó a ella y, con una delicadeza que nadie le conocía, le limpió las lágrimas con el dorso de su mano callosa.
—Escúchame bien, pequeña —le dijo, obligándola a mirarlo a los ojos—. Ese hombre que vimos en el viñedo... ese no es nuestro padre. Es una sombra vestida con su piel. El padre que nos cuidó habría muerto antes de tocar a esa mujer.
Meilyr se giró hacia Faron y Áedán. El cambio en su postura era evidente: los hombros echados hacia atrás, la mano descansando con firmeza en el pomo de su hacha. Ya no era "La Risa de la Tormenta"; era la tormenta misma cobrando forma.
—No vamos a esperar al amanecer para que Nera nos despierte con una sonrisa y más veneno —declaró Meilyr—. Tampoco vamos a esperar a que Lancel regrese a esta habitación a darnos excusas que no queremos oír. Recojan sus cosas. Nos vamos ahora.
—¿Sin despedirnos del Rey? —preguntó Áedán, el estratega—. Eso se considerará una huida, o peor, una declaración de hostilidad.
—Que consideren lo que quieran —replicó Meilyr—. Prefiero ser un proscrito vivo que un príncipe traicionado y muerto en su cama. Faron, prepara los caballos. Áedán, borra cualquier rastro de nuestra estancia.
Delayna se aferró a la túnica de Meilyr, todavía temblando. Él la tomó por los hombros y la atrajo hacia sí, envolviéndola en un abrazo protector que antes pertenecía a Lancel.
—Desde este momento, Delayna, yo me encargo —le susurró al oído, con una promesa que selló su destino—. Yo seré tus ojos y tu espada. Si alguien quiere tocarte, tendrá que pasar por encima de mi cadáver. Ya no necesitas buscar la aprobación de un hombre que se perdió a sí mismo. Me tienes a mí. Nos tienes a nosotros.
Delayna asintió, secándose los ojos con el puño. Sintió que el miedo, aunque seguía ahí, encontraba un lugar donde apoyarse. Meilyr no les hablaba como un hermano mayor juguetón, sino como el señor de una casa que acababa de nacer entre las cenizas de la anterior.
Moviéndose como sombras, los cuatro hermanos bajaron por las escaleras de caracol de la torre. Faron llevaba el morral con el huevo de dragón pegado al cuerpo, sintiendo su calor latir contra sus costillas como un recordatorio de que la magia y la sangre no perdonaban la debilidad.
Llegaron a los establos, donde el aire olía a heno y a la libertad que les esperaba más allá de las murallas. Prepararon los caballos en silencio absoluto. Al montar, Meilyr se puso a la cabeza del grupo, mirando por última vez hacia los aposentos reales donde su padre, seguramente, aún soñaba con los labios de la mujer que los odiaba.
—Nothain ha terminado con nosotros —dijo Meilyr, espoleando a su caballo—. Regresamos a casa. A nuestra propia casa.
Los cuatro jinetes salieron por la puerta del este justo cuando el horizonte empezaba a teñirse de un gris pálido. Meilyr cabalgaba al lado de Delayna, protegiendo su flanco, asumiendo un peso que no le correspondía por nacimiento, pero sí por coraje. El "Príncipe de las Cenizas", "El Ojo del Dragón" y "La Chispa" seguían ahora a un líder que no reía, un hombre que había decidido que, para salvar a su familia, tenía que empezar por enterrar el recuerdo del padre que los había dejado huérfanos antes de morir.