Renacimiento de Dragones

Capitulo 28

El silencio de la madrugada en el castillo de Nothain no era vacío; estaba lleno de hilos invisibles que solo unos pocos podían sentir. En su celda de piedra, lejos del lujo de los aposentos reales, la Anciana permanecía sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Frente a ella, un cuenco de agua oscura reflejaba la luz mortecina de una única vela.

De repente, el agua vibró. No fue un movimiento físico, sino una onda expansiva de energía que recorrió los cimientos del palacio. La anciana abrió los ojos, y sus pupilas, nubladas por la edad, brillaron con una claridad aterradora.

—Ya se han ido —susurró, y una sonrisa desdentada surcó su rostro lleno de arrugas—. Los pájaros han dejado el nido antes de que la serpiente cerrara sus fauces.

Cerró los ojos de nuevo y expandió su conciencia hacia los establos, hacia los jinetes que galopaban ya lejos de las murallas. Sus sentidos se detuvieron en **Faron**. Sintió el bulto que el joven cargaba con tanto celo, el calor que emanaba de su morral. No era un calor de fuego común, sino un latido antiguo, un pulso que no se escuchaba en el mundo desde el día en que Aelnora cayó al fango.

—Un huevo... —murmuró la anciana, y una carcajada ronca escapó de su pecho—. Lo han encontrado. El regalo de la madre para los hijos del exilio.

Su mente recorrió a los hermanos. Vio a Meilyr, asumiendo el mando con la furia del trueno; vio a Áedán, vigilando las sombras con su mirada infalible; y se detuvo en Faron, el portador de la reliquia. Los tres, nacidos del dolor y la traición, eran finalmente lo que la profecía exigía: la Sangre de Dragón, pura y despierta.

Pero fue al sentir el rastro de Delayna cuando la anciana suspiró con una mezcla de alivio y reverencia. En medio del odio que consumía a los hombres y la ambición que pudría a las reinas, la niña brillaba con una luz blanca, una pureza que no se podía corromper.

—Y ella... —dijo la mujer, tocando el agua del cuenco—. Ella es la chispa que encenderá la mecha. La luz de esperanza que guiará a los monstruos de vuelta al hogar. Sin ella, el fuego solo sería destrucción. Con ella, el fuego será vida.

La anciana se puso en pie con una agilidad impropia de sus años. Se acercó a la pequeña ventana de su celda, mirando hacia el este, por donde los hijos de Aelnora huían hacia la seguridad de sus tierras.

El viento sopló con fuerza, trayendo consigo un olor a ozono y azufre que nadie más en Nothain pareció notar. En la lejanía, las nubes parecían formar figuras aladas que desgarraban la luna.

—Disfruta de tu cama de seda, Nera. Saborea tus besos robados, Lancel —dijo la anciana hacia la oscuridad—. El tiempo de los hombres pequeños se está terminando. Las cenizas se están agitando, y el cielo pronto recordará lo que es temblar bajo una sombra inmensa.

Se sentó de nuevo, rodeada por el aroma de las profecías cumplidas.

—Pronto —prometió al aire frío—. Muy pronto, los dragones regresarán. Y esta vez, no habrá rey ni caballero que pueda detener el incendio que viene a reclamar lo que es suyo.




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