El sol de la mañana se filtraba por las altas ventanas de los pasillos reales, pero para Lancel, la luz resultaba hiriente. Caminaba con paso apresurado, ajustándose el jubón con dedos que aún guardaban el recuerdo del roce de Nera. La culpa, ese viejo sabueso que lo había perseguido durante años, le mordía los talones con una ferocidad renovada.
No había dormido bien. Las palabras de Meilyr en el viñedo se habían repetido en su mente como una sentencia. Necesitaba hablar con ellos, explicarles lo inexplicable, o al menos asegurarse de que el muro que los unía no se hubiera derrumbado del todo.
—Faron... Meilyr —llamó en voz baja al llegar a la pesada puerta de madera de la torre de invitados.
No hubo respuesta.
Lancel empujó la puerta. Esperaba encontrar el caos habitual de sus hijos: las botas de Meilyr tiradas por el suelo, los mapas de Áedán desplegados sobre la mesa o a Delayna practicando con su daga.
Pero la estancia estaba sumida en un silencio sepulcral.
Las camas estaban perfectamente hechas, frías al tacto. No quedaba ni un rastro de su presencia. Las perchas estaban vacías, los soportes de las armas despojados de su acero. Lancel caminó hacia el centro de la habitación, sintiendo cómo el aire se le escapaba de los pulmones. Se acercó a la mesa y encontró un solo objeto: la flecha partida que Meilyr había roto frente a él en el viñedo, colocada con una precisión insultante justo donde él solía sentarse.
—Se han ido —susurró Lancel, y la palabra sonó como el estallido de un cristal en el silencio.
Corrió hacia el pequeño cuarto que ocupaba Delayna. El aroma a lavanda que siempre la acompañaba aún flotaba en el aire, pero su baúl estaba abierto y vacío. En la almohada, encontró una cinta de pelo que él mismo le había regalado durante el paseo.
Un nudo se le formó en la garganta. La imagen de su "niña pequeña" huyendo en medio de la noche, asustada y decepcionada por su propio padre, le dolió más que cualquier herida de guerra. Se dio cuenta de que, al intentar buscar un momento de paz en los brazos de Nera, había incendiado el único hogar real que le quedaba: el respeto de sus hijos.
—¿Buscabas a alguien, Lancel? —la voz de Nera, suave y cargada de una fingida preocupación, resonó desde el umbral.
Lancel se giró bruscamente. Ella estaba allí, impecable, observando el vacío de la habitación con una calma que revelaba su triunfo.
—Lo sabías —dijo Lancel, con la voz rota por la rabia—. Sabías que esto pasaría.
—Sabía que tus hijos eran temperamentales, como su madre —respondió Nera, acercándose con paso felino—. Pero si se han ido, es porque no han sabido entender que todo lo que haces es por su futuro. No te culpes, Lancel. A veces, las ramas secas deben caer para que el árbol siga creciendo.
Lancel miró la flecha partida en su mano y luego a la mujer que tenía delante. Por primera vez en su vida, el Príncipe de Hierro sintió el peso absoluto de su soledad. Sus hijos no solo se habían marchado de Nothain; se habían marchado de su vida, llevándose consigo la última chispa de la sangre de Aelnora.
Mientras Nera ponía una mano reconfortante en su hombro, Lancel miró hacia el horizonte por la ventana abierta. Sabía que, allá afuera, en algún lugar del camino, sus hijos ya no eran sus protegidos. Eran extraños, jinetes en la oscuridad que ahora lo veían a él como parte del enemigo. La caza había terminado, y Lancel se había quedado con el trofeo más amargo de todos: un palacio lleno de lujos y un alma completamente vacía.