Lancel apartó la mano de Nera de su hombro con una violencia que la hizo retroceder. No hubo palabras de despedida, ni promesas de regreso. En sus ojos ya no quedaba rastro del hombre que se había dejado seducir en los viñedos; solo quedaba el brillo desesperado del guerrero que ha perdido lo único que le daba sentido a su existencia.
Bajó las escaleras de la torre a zancadas, ignorando las llamadas de los sirvientes y las miradas curiosas de la guardia. En los establos, ensilló a su semental negro con manos frenéticas.
—¡Príncipe Lancel! —gritó Sir Kaelen desde el patio—. La Regente exige saber hacia dónde se dirige.
Lancel montó de un salto y clavó las espuelas. El caballo relinchó, alzándose sobre sus patas traseras antes de salir disparado hacia las puertas principales.
—¡Dile que voy a buscar lo que ella nunca podrá tener! —bramó Lancel mientras cruzaba el rastrillo a galope tendido.
Salió de la ciudad como una exhalación, siguiendo el rastro de huellas frescas que se dirigían hacia el este. Su corazón martilleaba al ritmo de los cascos: Perdónenme. Por favor, perdónenme.
A leguas de distancia, el bosque envolvía a los cuatro hermanos en un abrazo de sombras y luz filtrada. El ritmo era constante, pero no frenético; Meilyr sabía que necesitaban conservar las fuerzas de los animales para el largo camino a casa.
Delayna cabalgaba sobre su yegua blanca, moviéndose al compás del trote. A pesar de los ojos todavía hinchados por el llanto de la noche anterior, el hambre de la mañana había ganado la partida. Sostenía una manzana roja y crujiente, dándole pequeños mordiscos mientras observaba las copas de los árboles. Para ella, el bosque ya no era un lugar de juegos, sino el primer muro de su nueva libertad.
Unos metros por delante, Áedán espoleó ligeramente a su caballo para emparejarse con Meilyr. Miró hacia atrás, asegurándose de que Delayna estuviera distraída, y luego clavó su vista en la figura de Faron, que encabezaba la marcha unos veinte pasos más allá.
—Meilyr —susurró Áedán, con la voz cargada de una preocupación técnica—, tenemos un problema más grave que el camino.
Meilyr, que mantenía la mano derecha cerca del mango de su hacha, ni siquiera lo miró.
—Dime algo que no sepa, Áedán.
—Es Faron. Apenas ha dormido en las breves paradas que hemos hecho. Se queda mirando al vacío, y susurrando nombres que no reconozco. Está teniendo más sueños del pasado... visiones de la época de mamá, o quizás de antes.
Meilyr frunció el ceño y observó la espalda rígida de su hermano mayor. Faron cabalgaba con las riendas flojas, como si sus manos no pertenecieran a este mundo.
—Está callado —continuó Áedán—. Demasiado callado. Ni siquiera se ha dado cuenta de que un explorador de Nera podría habernos flanqueado hace una hora. Está descuidado de nosotros, Meilyr. Su mente está en el fuego, no en el camino.
Meilyr apretó los dientes. Sabía que el peso del huevo de dragón y el título de "Príncipe de las Cenizas" estaban empezando a pasar factura a la cordura de Faron.
—Déjalo —respondió Meilyr finalmente—. Si sus sueños nos dan una ventaja, los usaremos. Pero si se pierde del todo, yo tomaré las riendas. Tú vigila la retaguardia. Yo vigilaré a Faron... y a la pequeña.
Delayna terminó su manzana y arrojó el corazón hacia los matorrales. Miró a sus hermanos mayores cuchichear y luego miró hacia atrás, hacia el camino que habían dejado. No buscaba a su padre con esperanza, sino con la vigilancia de quien sabe que el pasado siempre intenta dar alcance al presente. El bosque crujió, y por un instante, el viento trajo el eco de un galope lejano, pero los hijos de Aelnora no se detuvieron. Ya no eran presas; eran una tormenta en movimiento.