Renacimiento de Dragones

Capitulo 31

El sol comenzó a descender, tiñendo el dosel del bosque de un rojo sangre que parecía una burla cruel al destino de los caminantes. El galope de Lancel, aunque desesperado, aún no lograba darles alcance, pero el sonido de la persecución parecía vibrar en las raíces de los árboles.

Faron seguía a la cabeza, pero su cuerpo no era más que una cáscara vacía. En su mente, el bosque de Nothain había desaparecido. En su lugar, veía cielos desgarrados por alas inmensas y el rugido de una batalla que había terminado mucho antes de que él naciera. Las voces de sus antepasados le susurraban secretos sobre el calor que llevaba en el morral, una canción de cuna hecha de fuego y escamas.

—Faron, detente —ordenó Meilyr, emparejándose con él y sujetando las riendas del caballo de su hermano con fuerza.

Faron parpadeó, y por un segundo, sus ojos no eran los de un joven príncipe, sino que brillaron con una intensidad ámbar, antigua y salvaje.

—Ellos están despertando, Meilyr —dijo Faron, con una voz que sonaba como el crujido de piedras calientes—. La sangre llama a la sangre, y el padre que conocimos ya no tiene lugar en este relato.

Áedán, siempre vigilante, tensó su arco en un movimiento fluido. Sus ojos, el "Ojo del Dragón", detectaron movimiento en la retaguardia. Entre los árboles, una silueta solitaria se acercaba a una velocidad suicida.

—¡Es él! —gritó Delayna, dejando caer el trozo de piel de su manzana. Su voz era una mezcla de terror y una pequeña chispa de esperanza que se negaba a morir.

Lancel apareció entre la bruma, con su semental cubierto de sudor y espuma. Frenó en seco a unos diez metros, con el rostro desencajado y las manos vacías, mostrando las palmas en señal de paz.

—¡Hijos! ¡Escúchenme! —gritó Lancel, con la voz rota—. Cometí un error... Nera es veneno, ahora lo sé. Pero no pueden seguir solos. Este bosque está lleno de sus espías. ¡Déjenme protegerlos!

Meilyr se interpuso entre su padre y sus hermanos, desenvainando su hacha. No había duda en su rostro, solo una decepción tan profunda que dolía verla.

—¿Protegernos? —rugió Meilyr—. ¿Cómo nos proteges, Lancel? ¿Con el mismo honor con el que besaste a la mujer que condenó a nuestra madre? Ya no eres nuestro escudo. Eres el ancla que nos arrastra al fondo.

Lancel miró a Faron, buscando apoyo, pero su hijo mayor ni siquiera lo reconoció. Faron acariciaba el morral, perdido en sus visiones del pasado, ajeno a la súplica de su progenitor. Luego, Lancel miró a Delayna.

—Mi niña... —susurró él, extendiendo una mano temblorosa.

Delayna, sobre su yegua, se aferró a las riendas. Miró a Meilyr, que la miraba con la severidad de un nuevo padre, y luego a Lancel. Las lágrimas volvieron a sus ojos, pero esta vez no eran de debilidad.

—Tú dijiste que yo era tu pequeña —dijo Delayna, con la voz firme a pesar del llanto—. Pero las niñas pequeñas necesitan padres que no mientan. Vuelve con ella, Lancel. Aquí ya no queda nada para ti.

Lancel sintió que el mundo se derrumbaba. Sus hijos, el legado de Aelnora, le daban la espalda. Áedán mantenía la flecha apuntando a su pecho, no por odio, sino por la fría lógica de que su padre era ahora un riesgo.

—Vete —sentenció Meilyr—. Si nos sigues, la próxima vez que nos veamos será a través del acero. Has elegido tu bando, ahora vive con ello.

Meilyr espoleó a su caballo, obligando al grupo a reanudar la marcha. Faron siguió el movimiento de forma mecánica, impulsado por el latido del huevo, y Áedán retrocedió sin dejar de apuntar a la figura solitaria de su padre.

Lancel se quedó allí, en medio del camino, rodeado de un silencio absoluto. El Príncipe de Hierro, el cazador de dragones, el amante de la reina perdida, se hundió en sus rodillas en el barro. Vio cómo sus hijos desaparecían entre las sombras del bosque, llevándose consigo la luz de la esperanza. Estaba solo, y por primera vez en su vida, comprendió que el verdadero incendio no venía del cielo, sino del vacío que había dejado en el corazón de su propia sangre.




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