La marcha de los hermanos se vio truncada por un silencio antinatural que descendió sobre el sendero. Las aves callaron de golpe y hasta el viento pareció contener el aliento. Meilyr, con los sentidos alerta, frenó en seco a su caballo, pero antes de que pudiera dar una orden, el caos estalló.
Desde las sombras de los robles centenarios, dos figuras encapuchadas saltaron con una rapidez inhumana. No eran bandidos comunes; sus movimientos eran precisos, letales, y sus armas —espadas cortas de acero negro— brillaban con un fulgor siniestro.
—¡Cuiden a Delayna! —rugió Meilyr, desenvainando su hacha.
Áedán intentó tensar su arco, pero uno de los atacantes se lanzó sobre él, obligándolo a usar el arco como escudo para desviar una estocada dirigida a su garganta. El segundo encapuchado, ignorando a Meilyr, se dirigió directamente hacia Faron.
Faron, aún atrapado en la neblina de sus visiones, reaccionó tarde. El atacante lanzó un tajo ascendente, buscando el morral que contenía el huevo, pero Faron se giró instintivamente para protegerlo. El acero negro no alcanzó el tesoro, pero cruzó el rostro de Faron con una crueldad quirúrgica.
—¡AHHH! —el grito de Faron desgarró el aire mientras se llevaba la mano a la cara. La sangre brotaba entre sus dedos, cubriendo su ojo izquierdo.
Lancel, que seguía el rastro a pie tras haber perdido su caballo en el terreno accidentado, escuchó el grito. Fue un sonido que reconoció en lo más profundo de su médula; el grito de su hijo mayor. El agotamiento desapareció, reemplazado por una furia ancestral.
Apareció entre la maleza como una bestia herida. No llevaba el escudo del Príncipe, solo su espada desenvainada y el rostro de un hombre que no tiene nada que perder.
—¡Aléjense de ellos! —bramó Lancel.
Con una fuerza que parecía doblar el tiempo, Lancel se interpuso entre Faron y el encapuchado que se preparaba para el golpe de gracia. El choque de los metales soltó chispas azules. Lancel no peleó con la elegancia de la corte, sino con la brutalidad de un padre que ve a su sangre derramarse. En tres movimientos perfectos, desarmó al primer atacante y le atravesó el pecho. El segundo, al ver caer a su compañero, lanzó una bomba de humo negro y desapareció entre los árboles como un fantasma.
El silencio regresó, pero ahora estaba manchado de sangre y jadeos. Lancel se arrodilló junto a Faron, que temblaba en el suelo, aferrado aún al morral.
—Faron... déjame ver —pidió Lancel con voz quebrada.
Meilyr se acercó, con el hacha ensangrentada y la mirada dura, pero al ver la gravedad de la herida de su hermano, su furia hacia su padre se transformó en una necesidad urgente de supervivencia. Áedán ayudó a Delayna a bajar de su yegua; la niña estaba pálida, mirando con horror la mano ensangrentada de Faron.
—El ojo está perdido —sentenció Áedán con la frialdad de quien analiza una batalla, aunque sus manos temblaban—. La hoja era dentada. Necesita atención ahora mismo o la infección lo matará antes de que lleguemos a la frontera.
Lancel levantó a Faron en sus brazos. Su hijo no se resistió; el dolor era demasiado grande. Lancel miró a Meilyr.
—Pueden odiarme después —dijo Lancel con una autoridad que no admitía réplica—. Pero ahora, la única salvación para su hermano está en casa. Los maestres tienen las medicinas, y la anciana tiene los secretos. No sobrevivirá al camino hacia el norte.
Meilyr apretó los dientes, mirando a sus hermanos y luego el camino que dejaban atrás. Sabía que volver al hogar significaba entrar de nuevo en la jaula de Nera, pero la vida de Faron pendía de un hilo.
—Andando —ordenó Meilyr—. Pero si esto es una trampa de Nera, Lancel, juro que seré yo quien termine lo que esos hombres empezaron.
El regreso fue una carrera contra el tiempo. Entraron en el castillo por la puerta secreta de las murallas bajas para evitar a los guardias reales. Lancel los guio directamente a las cámaras privadas de la familia.
Pronto, la habitación se llenó de actividad frenética. Los maestres trajeron ungüentos de belladona y vendas de lino, mientras la Anciana aparecía entre las sombras, portando un cuenco con hierbas que olían a tierra húmeda y magia vieja.
Faron yacía en la cama, con el rostro parcialmente vendado. Delayna se sentó a su lado, sosteniendo su mano libre, mientras Meilyr y Áedán montaban guardia en la puerta, con las manos en sus armas, vigilando el pasillo por si Nera decidía aparecer.
Lancel se quedó en un rincón, observando cómo la anciana susurraba palabras en una lengua olvidada sobre la herida de su hijo. Había recuperado a sus hijos, pero el precio había sido el ojo del futuro heredero y el regreso a la boca del lobo. El Príncipe de las Cenizas ahora llevaba una marca que no se borraría jamás, y la paz que Lancel buscaba parecía más lejana que nunca.