El silencio en la cámara de sanación era espeso, solo interrumpido por la respiración pesada y errática de Faron. Las vendas blancas rodeaban su cabeza, cubriendo el lugar donde antes brillaba su ojo izquierdo; ahora, su rostro era una máscara de dolor silenciado por los brebajes de la anciana.
Delayna estaba sentada en un taburete bajo la luz vacilante de una vela. Sus manos pequeñas estaban entrelazadas sobre su regazo, y sus ojos, enrojecidos por el llanto contenido, no se apartaban de su hermano mayor. Lancel permanecía de pie en el rincón más oscuro, con la armadura todavía manchada por la sangre de los atacantes y el peso de mil años sobre sus hombros.
La niña levantó la vista. Miró a su padre, no con la furia de Meilyr, sino con una tristeza que parecía buscar un ancla en medio de la tempestad.
—Padre —susurró Delayna, su voz apenas un hilo—. ¿Realmente amaste a mamá? ¿O ella solo era una forma de llegar al trono?
Lancel sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. Se acercó lentamente, saliendo de las sombras hasta que la luz de la vela reveló las arrugas de amargura en su rostro. Se arrodilló frente a su hija, quedando a su altura.
—La amé con cada fibra de mi ser, Delayna —respondió Lancel, y su voz tembló con una honestidad que nunca mostraba ante sus hijos—. Pero mi amor por ella nació de algo mucho más profundo que el deseo.
Lancel tomó una de las manos de la niña entre las suyas, grandes y callosas.
—Pocos saben la verdad completa. Antes de ser mi esposa, tu madre pertenecía a otro hombre: Aithan, su primer esposo y mi hermano de armas. Aithan era el hombre más noble que he conocido, y él sabía que sus días estaban contados en la guerra.
Delayna escuchaba con los ojos muy abiertos. El nombre de Aithan era un eco lejano en las historias de la familia, pero nunca antes se había pronunciado con tal reverencia.
—En su lecho de muerte —continuó Lancel, mirando hacia el rostro dormido de Faron—, Aithan me tomó de la mano. Me hizo jurar sobre el acero y la sangre. Me pidió que cuidara de Aelnora, que la amara en su lugar y que fuera leal a su memoria. Pero, sobre todo, me pidió que protegiera a su hijo, a Faron, hasta mi último aliento.
Lancel suspiró, volviendo su mirada hacia la cama de Faron.
—Faron no solo es el hijo de Aelnora; es el legado de mi hermano. Cuando me casé con tu madre, no solo tomé a una reina, tomé una responsabilidad sagrada. Juré proteger a esa mujer y a ese niño contra cualquier fuego, contra cualquier traición... incluso contra mis propios errores.
—Pero... besaste a Nera —dijo Delayna, y la mención del nombre hizo que Lancel bajara la cabeza por la vergüenza.
—Lo hice. Y en ese momento, traicioné todo lo que juré a Aithan y a Aelnora. Busqué un momento de paz donde solo había veneno. Pero mi amor por su madre nunca fue una mentira. Ella era el sol, Delayna, y yo solo era el guardián de su sombra.
Delayna bajó la mirada hacia las manos de su padre. Vio las cicatrices, las marcas de un hombre que había pasado su vida luchando por una promesa que le resultaba demasiado pesada para cargar solo.
—Faron tiene que despertar —susurró Delayna, apretando la mano de Lancel—. Si él no despierta, ¿quién cumplirá el juramento ahora?
Lancel no respondió, pero apretó con fuerza la mano de su hija. En el silencio de la habitación, el latido del huevo de dragón, oculto en el morral bajo la cama de Faron, pareció responder a la confesión. Un calor antinatural empezó a emanar de los pies de la cama, y por un segundo, la herida de Faron dejó de sangrar. El juramento de Lancel seguía vivo, pero el precio por mantenerlo apenas estaba empezando a cobrarse.