La madrugada envolvió la cámara de sanación con un manto de silencio que solo el crepitar moribundo de la chimenea se atrevía a romper. El aire estaba cargado de un olor rancio a hierbas medicinales y sangre seca. Delayna se había quedado dormida en su taburete, con la cabeza apoyada en el borde de la cama, pero su mano seguía aferrada a la de Faron.
Faron abrió el único ojo que le quedaba libre, el derecho. El techo de piedra le pareció distante y distorsionado. El dolor en el lado izquierdo de su rostro ya no era una punzada aguda; era un latido sordo, rítmico, un tambor que marcaba el paso de algo que no pertenecía a este mundo.
Recordó el bosque. Recordó la sombra de los encapuchados, el destello del acero negro y el grito que su propia garganta había liberado. Recordó la confesión de Lancel a Delayna, las palabras que le llegaban en la neblina del dolor: un juramento a un hombre muerto, un amor que había terminado en cenizas.
Lentamente, Faron retiró su mano de la de su hermana. Se sentó en la cama, sintiendo un mareo ligero. Sus dedos temblorosos subieron hacia las vendas que envolvían su cabeza. La tela estaba húmeda por los ungüentos de la anciana. Con un movimiento decidido, comenzó a desenrollar el lino blanco.
Se puso en pie con torpeza y se dirigió hacia un gran espejo de cobre pulido que Lancel guardaba en un rincón. La luz de la luna se filtraba por la ventana, bañando la habitación con un tono plateado. Faron se detuvo frente a su reflejo.
Su cabello, del mismo blanco plateado que su madre, Aelnora, caía desordenado sobre sus hombros, como una cascada de luz en la penumbra. Su piel estaba pálida, translúcida, marcada por el cansancio y la cicatriz todavía fresca que cruzaba su pómulo izquierdo.
Con el último resto de venda retirado, Faron abrió el párpado izquierdo. No había dolor. No había oscuridad. Lo que vio en el espejo hizo que su corazón se detuviera por un instante y luego latiera con una fuerza renovada.
Donde antes brillaba el iris normal, ahora había una gema de color carmesí intenso, un rubí líquido que parecía contener la esencia misma del fuego. La pupila no era redonda, sino una línea vertical, afilada y negra como la obsidiana, una marca que conocía de los dibujos antiguos y de las visiones de su madre. Era un ojo de dragón, latiendo con una intensidad ámbar que iluminaba el lado izquierdo de su rostro.
Faron se acercó más al espejo, rozando la superficie de cobre con las yemas de sus dedos. El reflejo carmesí se intensificó, como si respondiera a su toque. Vio su cabello blanco, su piel pálida, y ese ojo rojo que lo marcaba no solo como el Príncipe de las Cenizas, sino como el heredero de una herencia que no se podía borrar.
En la penumbra de la cámara, su aspecto era el de una criatura nacida de la leyenda y la tragedia. El huevo de dragón bajo su cama pareció vibrar con una alegría silenciosa, reconociendo a su verdadero portador.
Faron no sintió miedo. Sintió poder. Sintió que el dolor y la traición de Nera y Lancel habían tallado un nuevo camino para él. La marca en su rostro era la prueba de que el fuego de Aelnora no se había extinguido; solo había estado esperando su momento para renacer.
—La sangre llama a la sangre —susurró Faron, y su voz sonó más profunda, como si la resonancia del dragón estuviera empezando a fusionarse con su alma—. La serpiente puede morder, pero el dragón es el que consume.
Delayna se movió en sueños y Faron se giró hacia ella. Su ojo rojo se apagó ligeramente, volviendo a su tono ámbar habitual en la penumbra. Se volvió a cubrir el rostro con las vendas, no para ocultar la herida, sino para guardar el secreto de su poder hasta que la tormenta estuviera lista para desatarse. El Príncipe de las Cenizas había muerto en el bosque; el verdadero heredero del fuego acababa de despertar.