Renacimiento de Dragones

Capitulo 35

El silencio que siguió al descubrimiento de Faron fue roto por un crujido metálico. En el umbral de la cámara, la Anciana aguardaba envuelta en sus harapos oscuros. Sus ojos nublados no necesitaban ver para saber que el velo se había rasgado; el aire mismo alrededor de Faron vibraba con un calor seco, como el de un desierto antes de la tormenta.

—No intentes ocultarlo, niño —siseó la mujer, entrando en la habitación sin hacer ruido—. El fuego no se puede vendar, y la sangre de Aithan y Aelnora finalmente ha reclamado su precio.

Faron dejó caer las vendas sobre el suelo de piedra. Ya no sentía la necesidad de esconderse. Se giró hacia ella, permitiendo que la luz de la luna bañara su rostro: el contraste entre su cabello blanco plateado y el fulgor carmesí de su ojo izquierdo era hipnótico, una imagen sacada de las pesadillas de sus enemigos.

—¿Qué soy ahora? —preguntó Faron, y su voz tenía un eco mineral, como si hablara desde el fondo de una caverna.

—Eres el puente —respondió la Anciana, acercándose hasta quedar a pocos pasos de él—. El ojo es la llave. Aelnora poseía la gracia del dragón, pero tú, hijo del sacrificio y la traición, posees su visión. Ahora puedes ver las corrientes de calor, las mentiras de los hombres y el rastro de la magia que Nera intenta sofocar.

La anciana señaló hacia el morral que yacía bajo la cama. El huevo de dragón palpitaba con una luz interna que atravesaba el cuero.

—El huevo no eclosionará por el calor de una hoguera, Faron. Necesita el reconocimiento de un igual. El ojo rojo es el vínculo. Tu dolor ha alimentado la chispa que estaba dormida.

De pronto, un sonido de pasos pesados resonó en el pasillo. Meilyr entró en la habitación, con la mano en el pomo de su espada, alerta a cualquier intruso. Se detuvo en seco al ver a Faron de pie, sin las vendas.

—Faron... —Meilyr dio un paso al frente, pero se congeló al ver el destello carmesí que emanaba de la cuenca herida de su hermano—. ¿Qué te han hecho? ¿Es veneno?

—Es justicia, Meilyr —respondió Faron con una calma gélida—. Es el regalo que nos dejaron antes de que todo ardiera.

Meilyr miró a la anciana y luego de nuevo a su hermano. La jerarquía entre ellos cambió en ese instante. Meilyr, el guerrero, el nuevo líder que había jurado proteger a la familia, reconoció que Faron ya no necesitaba protección física. El "Príncipe de las Cenizas" se había convertido en algo más: en el estandarte de una guerra que apenas comenzaba.

Meilyr hincó una rodilla en el suelo, no ante un rey, sino ante la sangre de su madre que ahora brillaba con fuerza propia en el rostro de su hermano mayor.

—Dime qué debemos hacer —dijo Meilyr con la cabeza baja—. Si el dragón ha vuelto, que Nothain sepa que la tormenta ya no solo hace ruido. Ahora, la tormenta quema.

En lo alto de la torre principal, Nera se despertó de golpe. Se llevó una mano a la garganta, sintiendo una opresión repentina, como si el aire de su habitación se hubiera vuelto irrespirable. Se acercó a la ventana y miró hacia la torre de invitados.

No vio nada, pero su instinto, afilado por años de paranoia, le advirtió que algo se había roto en el equilibrio del palacio. La seducción de Lancel ya no sería suficiente. El fuego que ella creía haber extinguido en el pecho de Aelnora estaba empezando a irradiar desde un nuevo origen, y esta vez, no habría lágrimas que pudieran apagarlo.

Faron, desde su habitación, miró hacia la torre de la Reina. A través de las paredes y la distancia, su ojo rojo captó el rastro de calor de Nera: un punto negro y frío en medio de un mar de llamas. La cacería había cambiado de bando.




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