El amanecer se filtró por las rendijas de la piedra con una palidez sepulcral. En el gran salón del consejo, el aire era denso, cargado con el olor a incienso que los sirvientes quemaban para ocultar el hedor a enfermedad que emanaba de los aposentos del viejo Rey Nolan.
Nera presidía la mesa larga, vestida con un jubón de seda negra que parecía absorber la escasa luz del sol. A su lado, Lancel permanecía sentado, rígido como una estatua de mármol. No se habían dirigido la palabra desde la noche anterior; el Príncipe de Hierro tenía la mirada perdida en el mapa desplegado sobre la madera, pero su mente seguía en la cámara de sanación, buscando el perdón de unos hijos que ya no estaban allí para dárselo.
—Parece que tus cachorros han regresado al redil, Lancel —dijo Nera, rompiendo el silencio con una voz que era puro veneno aterciopelado—. Mis guardias informan que la torre de invitados vuelve a estar ocupada. Qué afortunado que el instinto de supervivencia haya vencido a su orgullo.
Lancel apretó el puño sobre la mesa, pero no respondió. La mención de sus hijos en boca de Nera le revolvía el estómago.
Las pesadas puertas de roble del salón se abrieron de par en par, golpeando los muros de piedra con un estruendo que hizo que los consejeros se encogieran en sus asientos.
Faron entró primero. Caminaba con una elegancia depredadora, envuelto en una capa negra de cuello alto que ocultaba parte de su rostro. A su lado, Meilyr y Áedán avanzaban como dos sombras armadas, con las manos apoyadas en sus espadas y los rostros endurecidos por el frío de la noche. Delayna cerraba la marcha, manteniendo la cabeza alta, emulando la dignidad que su hermano mayor irradiaba.
—Príncipe Faron —dijo Nera, alzando una ceja con fingida sorpresa—. Nos informaron de que habías sufrido un percance en el bosque. Me alegra ver que los maestres han hecho su trabajo.
Faron se detuvo frente a la mesa. Lentamente, llevó su mano hacia el broche de su capa y la dejó caer sobre sus hombros. Al levantar la cabeza, el salón entero pareció contener el aliento.
Las vendas habían desaparecido. Su cabello blanco plateado brillaba bajo la luz de las antorchas, pero fue su rostro lo que paralizó a los presentes. La cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo ya no era una herida supurante, sino una marca de guerra perfectamente cerrada. Y allí, en la cuenca donde todos esperaban ver oscuridad, el ojo carmesí de Faron resplandecía con un brillo sobrenatural.
Lancel se puso en pie bruscamente, con el rostro pálido.
—Faron... tu ojo...
—Mi ojo ve la verdad ahora, padre —respondió Faron, ignorando la mirada de angustia de Lancel y clavando su pupila vertical en Nera—. Veo el miedo tras tu seda, Regente. Y veo la sangre que has derramado para mantener un trono que nunca te perteneció.
Nera se tensó. Por primera vez en años, la sonrisa desapareció de su rostro. Sintió el calor que emanaba de Faron, un calor que no venía del fuego de la chimenea, sino de la sangre antigua que latía con fuerza tras ese iris rojo.
—No te permito que hables de esa manera en presencia del consejo —siseó Nera, tratando de recuperar el control—. Eres un invitado, no un soberano.
—Ya no somos invitados —intervino Meilyr, dando un paso al frente y dejando que el hacha de su cinto tintineara contra su armadura—. Somos los hijos de la legítima reina. Y hemos vuelto para reclamar lo que se nos prometió.
Faron apoyó las manos sobre la mesa del consejo, inclinándose hacia Nera. Su ojo rojo pareció arder con una intensidad ámbar, iluminando las sombras del salón.
—Disfruta de este día, Nera —susurró Faron, y su voz resonó en las paredes como un trueno lejano—. Porque anoche el fuego me habló, y me dijo que tu reinado de sombras está llegando a su fin. La próxima vez que nos sentemos en esta mesa, no será para pedir permiso, sino para dictar sentencia.
Sin esperar respuesta, Faron dio media vuelta, seguido por sus hermanos. Lancel se quedó allí, atrapado entre la mujer que lo había manipulado y los hijos que se habían convertido en leyendas vivientes ante sus ojos. El tablero había cambiado por completo; el dragón ya no estaba en las historias del pasado, estaba caminando por los pasillos de su propio hogar.