Renacimiento de Dragones

Capitulo 37

El jardín de los suspiros, usualmente un refugio de fragancias dulces y estatuas de mármol blanco, se sentía esa mañana como un cementerio de recuerdos. Morana caminaba entre los rosales negros, arrastrando la seda de su vestido sobre la hierba húmeda. Sus ojos, que solían buscar la belleza en la oscuridad, estaban nublados por una revelación que había fracturado su mundo la noche anterior.

Había escuchado a las viejas nodrizas susurrar en las sombras de las cocinas, palabras que nunca debieron llegar a sus oídos. Ahora, cada vez que miraba hacia el cielo gris de Nothain, no veía nubes, sino la caída.

Nera, la madre implacable, la mujer de hielo que parecía haber nacido del poder mismo, tenía una grieta. Morana ahora sabía que antes de ella, hubo otro. Un primer hijo. Un heredero que nunca llegó a respirar el aire de las montañas.

Durante el enfrentamiento final entre Nera y Aelnora, cuando los cielos ardían y la magia desgarraba la realidad, Nera no solo luchaba por un trono. Luchaba cargando una vida en su vientre. En el fragor de la batalla, cuando Aelnora desató el fuego que terminó por consumirlo todo, Nera cayó. Y en esa caída desde las alturas, el primer bebé de la Regente se convirtió en humo y silencio antes de nacer.

—¿Es por eso que me miras así, madre? —susurró Morana a una rosa marchita—. ¿Porque soy el consuelo de una pérdida que nunca pudiste vengar?

Morana se sentó en un banco de piedra fría, abrazándose a sí misma. La tristeza que sentía no era solo por el hermano que nunca conoció, sino por la comprensión de la naturaleza de su madre. La crueldad de Nera, su odio visceral hacia los hijos de Aelnora, ya no le parecía solo ambición política. Era una herida podrida. Nera veía en Faron, Meilyr y los demás el reflejo de lo que ella había perdido en el fango de la guerra.

Si Aelnora le había quitado su primer hijo, Nera se aseguraría de quitarle a Aelnora todo lo que amaba, incluso desde la tumba.

—Somos piezas en una guerra de fantasmas —murmuró Morana, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla.

Un crujido de hojas la hizo saltar. De entre los arbustos de bayas rojas emergió Faron. El parche que solía cubrir su ojo estaba ausente, y el fulgor carmesí de su nueva visión destacaba contra la palidez de su piel plateada. Al ver a Morana en ese estado, su postura defensiva se relajó ligeramente.

—Los jardines no son lugar para llorar, Morana —dijo Faron, su voz resonando con esa nueva profundidad mineral—. El rocío ya es suficiente humedad para estas flores.

Morana se limpió la cara rápidamente, tratando de recuperar su compostura de princesa.

—A veces las flores necesitan algo más que agua para entender por qué crecen en la sombra, Faron.

Él se acercó, y con su ojo rojo, pudo ver el calor errático del corazón de Morana, una pulsación de dolor que no encajaba con las intrigas de Nera. Por un momento, el odio entre sus linajes se detuvo ante la evidencia de una tristeza compartida.

—Tú también lo sabes, ¿verdad? —preguntó Morana, mirándolo fijamente—. Sabes que esta guerra empezó mucho antes de que nosotros naciéramos. Que mi madre perdió algo en el cielo y tu madre lo perdió todo en la tierra.

Faron guardó silencio, mirando hacia las torres del castillo. El peso del pasado era una cadena que ambos compartían, aunque tiraran en direcciones opuestas. En ese rincón del jardín, la hija de la serpiente y el hijo del dragón comprendieron que eran los herederos de una tragedia que ninguno de los dos había elegido escribir.




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