Renacimiento de Dragones

Capitulo 38

La penumbra de la torre de los hijos de Aelnora se sentía más densa que de costumbre. Morana se encontraba frente a sus primos, bajo la mirada fija y penetrante del ojo rojo de Faron, la vigilancia silenciosa de Áedán, la postura defensiva de Meilyr y la curiosidad triste de la pequeña Delayna.

Morana exhaló un suspiro tembloroso, apretando los dedos contra la seda de su falda. El secreto le quemaba en la garganta, una verdad que la hacía sentir más extranjera en su propia casa que nunca.

—Creen que el odio de mi madre hacia ustedes es solo por el trono —comenzó Morana, con la voz quebradiza—. Pero hay una sombra más profunda en su corazón. Antes de que yo naciera, antes de que el reino se partiera en dos, Nera llevaba una vida en su vientre. El primer heredero de su sangre.

Faron inclinó la cabeza, su ojo carmesí brillando con una intensidad curiosa. Áedán dejó de afilar su daga para escuchar.

—Durante el enfrentamiento final con su madre, Aelnora —continuó ella—, Nera cayó del cielo. El fuego y el impacto no solo quemaron la tierra; se llevaron a ese niño. Ella perdió a su primer hijo por el fuego de los dragones. Por eso, cada vez que los mira a ustedes, no ve a sus sobrinos. Ve el recordatorio de lo que le fue arrebatado en las nubes.

Meilyr soltó una carcajada amarga, aunque sus ojos no reían.

—Eso explica su furia, pero no explica quién eres tú, Morana. Si ella perdió a ese hijo... ¿quién te engendró a ti?

Morana bajó la vista, y una mancha de vergüenza tiñó sus mejillas pálidas.

—Esa es la parte que ni siquiera el linaje real puede ocultar con oro. Mi madre nunca volvió a ser la misma tras esa caída. Se volvió una mujer rota que buscaba consuelo en los rincones más oscuros de la Capital.

Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad.

—No conozco a mi verdadero padre. No hay un rey, ni un noble, ni un caballero en mis venas. Presiento... sé, en el fondo de mi alma, que soy el resultado de una noche de olvido. La semilla de un hombre cualquiera en un burdel de la ciudad baja, donde Nera se escondía para ahogar su dolor en vino y carne extraña.

El silencio que siguió fue absoluto. Delayna se acercó lentamente a Morana y puso una mano pequeña sobre su brazo, un gesto de empatía que rompió la tensión de la habitación.

—Entonces... tú también estás sola —susurró Delayna.

Faron se levantó de su asiento. Su ojo rojo analizó a Morana, viendo no a la hija de la usurpadora, sino a una joven que cargaba con una herencia de cenizas, igual que ellos.

—Nera nos odia por lo que perdimos, y te usa a ti para llenar un vacío que nunca se cerrará —dijo Faron con una voz extrañamente suave—. Eres el consuelo de una tragedia, Morana. Pero en este palacio de mentiras, la verdad es lo único que nos hace libres.

Morana levantó la cabeza, con las lágrimas asomando en sus ojos.

—Soy la hija de nadie, en el trono de alguien que no me ama.

Meilyr guardó su daga y se cruzó de brazos, mirando a Morana con un nuevo respeto.

—Tal vez seas la semilla de un burdel, prima, pero tienes más valor que todos los consejeros de Nera juntos por decirnos esto.

En esa habitación, bajo el peso de las confesiones, la línea que separaba a los bandos se volvió borrosa. Ya no eran solo enemigos políticos; eran los hijos supervivientes de una guerra que había destruido a sus padres mucho antes de empezar a destruirlos a ellos. El destino de Morana acababa de entrelazarse con el fuego del dragón, no por sangre real, sino por el dolor compartido de ser las sobras de una historia de odio.




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