Renacimiento de Dragones

Capitulo 39

El aire en la habitación parecía haberse vuelto más pesado tras la confesión de Morana. El eco de sus palabras sobre su origen incierto aún flotaba en el ambiente, pero Áedán, siempre calculador y observador de los detalles que otros pasaban por alto, dio un paso al frente. Su mirada, fría y analítica, se clavó en los ojos empañados de su prima.

—Dices que eres la semilla del consuelo de tu madre, Morana —dijo Áedán con una calma que resultaba casi cruel—. Pero, ¿sabes exactamente con quién busca ese consuelo ahora que el pasado ha vuelto a tocar a su puerta? ¿Sabes qué ha estado ocurriendo en los viñedos mientras nosotros intentábamos sobrevivir?

Morana frunció el ceño, limpiándose una lágrima traicionera.

—¿A qué te refieres, Áedán? Mi madre no confía en nadie. Se encierra en su consejo y en sus silencios.

—Tu madre ha encontrado un nuevo hombro sobre el que llorar sus viejas heridas —soltó Áedán, dejando que las palabras cayeran como piedras en un pozo—. Se trata de Lancel. Nuestro padre. Tu tío.

Morana retrocedió un paso, chocando contra el borde de una mesa de madera. Su rostro, ya pálido, se tornó de un color cenizo.

—¿Lancel? No... eso es imposible. Él la odia. Él amaba a Aelnora con una devoción que rozaba la locura. Jamás tocaría a la mujer que... —se detuvo, mirando a los hermanos con una súplica silenciosa en los ojos—. Díganme que es una mentira para herirme.

Meilyr soltó un gruñido desde las sombras del rincón donde montaba guardia. Se adelantó, con la mano apretando el pomo de su espada con tanta fuerza que el cuero crujió.

—No es una mentira, Morana. Yo los vi —dijo Meilyr, y su voz destilaba el mismo desprecio que sintió aquel día en los viñedos—. Estaba practicando con mi arco, buscando un poco de paz lejos de las intrigas de esta corte podrida. Los encontré en el cenador de hiedra.

Morana escuchaba como quien escucha una sentencia de muerte.

—Él no estaba peleando con ella —continuó Meilyr, acercándose a ella hasta que Morana pudo ver el fuego de la decepción en sus pupilas—. Ella lo tenía rodeado con sus palabras, con esa vulnerabilidad falsa que solo una serpiente sabe fingir. Y él... el gran Príncipe de Hierro, el hombre que nos juró lealtad eterna a nuestra madre, se dobló como una rama seca. La estaba besando, Morana. Se entregaba a ella como si el pasado no existiera, como si la sangre de Aelnora no estuviera todavía fresca en las manos de tu madre.

Morana se llevó las manos a la cabeza, tambaleándose. La imagen de su madre, la mujer que perdió un hijo por el fuego de los dragones, buscando refugio en los brazos del hombre que fue el consorte de su mayor enemiga, le resultaba una broma macabra del destino.

—¿Por qué? —susurró Morana—. ¿Por qué él haría algo así? ¿Y por qué ella lo buscaría a él?

—Porque ambos están rotos —sentenció Faron, interviniendo con su voz profunda mientras su ojo rojo brillaba intensamente—. Nera quiere reclamar lo último que le quedaba a mi madre. Quiere profanar el recuerdo de Aelnora robándole el corazón de su guerrero. Y Lancel... Lancel es un hombre cansado de cargar con fantasmas que buscó calor en el primer fuego que le ofrecieron, aunque fuera el fuego de un infierno.

Morana miró a sus primos. Se sintió más pequeña que nunca, atrapada en un nudo de traiciones que entrelazaba sus linajes de una forma enferma. Si su madre y Lancel se unían, ella ya no sería solo la hija de una noche de burdel; sería el recordatorio de una alianza forjada sobre la tumba de la lealtad.




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