Renacimiento de Dragones

Capitulo 40

El aire en la habitación se volvió gélido tras las palabras de Meilyr. Morana parecía a punto de desmoronarse, y el desprecio de los hermanos mayores hacia Lancel flotaba en el ambiente como una sentencia definitiva. Sin embargo, un sonido firme rompió la tensión: el golpe de un paso pequeño pero decidido contra el suelo de piedra.

Delayna, que hasta ese momento había permanecido en silencio observando a sus hermanos desde la penumbra, se adelantó hasta quedar en el centro del círculo. Su rostro, habitualmente dulce, estaba contraído en una expresión de seriedad que recordaba a la mismísima Aelnora.

—Ya basta —dijo con una voz que, aunque aguda, no tembló—. No hablen de él como si fuera un monstruo de cuentos. No es justo.

Meilyr la miró con una mezcla de sorpresa y lástima.

—Delayna, eres pequeña, no entiendes cómo funciona la traición...

—¡Entiendo lo que escuché de su propia boca! —le interrumpió la niña, plantándole cara a su hermano mayor—. Anoche, mientras Faron dormía, padre me habló. No me habló como el Príncipe de Hierro, ni como un guerrero. Me habló como un hombre que se está ahogando.

Faron inclinó la cabeza, su ojo rojo analizando la pureza del calor que emanaba de su hermana pequeña. Delayna miró a Morana y luego volvió sus ojos hacia sus hermanos.

—Él amó a mamá —declaró Delayna, y sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer—. Me contó que juró ante el cuerpo de su hermano Aithan que nos protegería a todos, y especialmente a Faron. Ha pasado años cargando con fantasmas, Meilyr. Ustedes tienen sus espadas y sus visiones, pero él solo tiene sus recuerdos, y esos recuerdos duelen.

La habitación quedó sumida en un silencio incómodo. Delayna caminó hacia la ventana, señalando hacia el patio donde Lancel solía entrenar solo al amanecer.

—Él no está con Nera porque la ame —continuó la niña, con una sabiduría amarga—. Está con ella porque es el único lugar donde puede dejar de fingir que es fuerte. Se equivocó, sí. Buscó consuelo en la persona que más odiamos. Pero lo hizo porque está roto, no porque sea nuestro enemigo. Él daría su vida por nosotros en un parpadeo; lo hizo en el bosque sin pensarlo dos veces cuando hirieron a Faron.

Morana escuchaba con el corazón latiendo con fuerza. La defensa de Delayna pintaba una imagen de Lancel mucho más trágica y humana de lo que las palabras llenas de odio de Meilyr permitían ver.

—Si vamos a pelear esta guerra —sentenció Delayna, girándose hacia Faron—, no podemos hacerlo odiando a nuestro propio padre. Él cometió un pecado de debilidad, no de maldad. Si no podemos perdonar a un hombre que ha dado su vida entera por un juramento de sangre, ¿entonces por qué estamos luchando nosotros?

Faron suspiró, sintiendo que el fuego de su ojo rojo se suavizaba ante la luz de esperanza que su hermana pequeña irradiaba. Meilyr bajó la vista, apretando los dientes, incapaz de rebatir la lógica del corazón de la más pequeña. Delayna no había borrado la mancha del beso en los viñedos, pero había recordado a todos que, bajo la armadura de hierro, todavía latía el hombre que los amó primero.




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