Renacimiento de Dragones

Capitulo 41

La habitación quedó sumida en un silencio denso y sofocante tras las palabras de Delayna. Sin embargo, en la mente de Morana, las piezas del rompecabezas empezaron a encajar de una forma mucho más siniestra. El relato de Meilyr sobre el beso en el cenador no era solo una traición política; para ella, era la confirmación de un horror personal que apenas podía procesar.

Morana palideció, retrocediendo hasta que sus hombros chocaron contra la fría piedra del muro. Su respiración se volvió errática, superficial.

—No fue solo un beso... —susurró Morana, y el pánico en su voz hizo que todos se tensaran—. Conozco a mi madre. Sé cómo opera cuando encuentra una debilidad. Ella no busca consuelo, ella busca conquista.

La joven princesa miró a sus primos con los ojos desorbitados, su mente volviendo a las noches en que su madre regresaba tarde, con el cabello desordenado y una mirada de triunfo amargo que Morana nunca había logrado descifrar.

—Si Lancel estaba tan roto como dicen... si ella lo encontró en su momento de mayor oscuridad... —Morana se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo de puro asco—. Ella no se habría detenido en un gesto. Ella lo habría llevado a su cama para sellar su dominio sobre él. Para burlarse de Aelnora en el lugar más íntimo.

Áedán, cuyos sentidos siempre estaban un paso por delante de la conversación, reaccionó de inmediato. Al notar que el tono de Morana se volvía demasiado crudo y que las implicaciones de lo que decía podían manchar la inocencia que Delayna tanto intentaba proteger, se movió con agilidad felina.

Sin decir una palabra, se situó detrás de su hermana pequeña y, con sus manos grandes y firmes, cubrió los oídos de Delayna. La niña lo miró confundida, intentando zafarse, pero Áedán la mantuvo sujeta con una seriedad inamovible, negándose a que escuchara la posibilidad de que su padre hubiera compartido el lecho con la mujer que destruyó a su madre.

—¡Basta, Morana! —rugió Meilyr, aunque sus ojos reflejaban que él también compartía ese mismo temor—. No hables de esas inmundicias aquí.

—¡Es la verdad! —gritó Morana, rompiendo en llanto—. Si se acostaron... si ella lo sedujo de esa manera... ¿qué somos nosotros ahora? ¿Qué es este linaje? Ella lo usó para engendrar poder, para humillarlo. ¡Mi tío y mi madre...!

Faron se acercó a Morana. Su ojo rojo brilló con una luz carmesí tan intensa que pareció iluminar las lágrimas que corrían por las mejillas de la joven. En el reflejo de ese ojo, Faron no veía solo el acto físico, sino la red de sombras y manipulaciones que Nera había tejido.

—Lo que haya pasado en esa cama no cambia quiénes somos nosotros —dijo Faron con una frialdad que helaba la sangre—. Pero confirma que Nera no tiene límites. Ella ha intentado devorar el alma de nuestro padre para dejarnos sin guía.

Áedán soltó finalmente a Delayna una vez que Morana se calmó, aunque la niña lo miraba con reproche. El horror de la sospecha quedó flotando en el aire. Si Lancel se había entregado por completo a Nera, el perdón que Delayna pedía se sentía ahora como una montaña imposible de escalar. La traición ya no era solo un beso en un jardín; era una mancha que amenazaba con pudrirlo todo.




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