Renacimiento de Dragones

Capitulo 42

El silencio que siguió a las palabras de Morana no era de paz, sino el vacío que queda tras una explosión. Meilyr caminó hacia el centro de la estancia, y el sonido de sus botas contra el suelo de piedra retumbó como tambores de guerra. Sus manos, que habían estado inquietas, se cerraron ahora en puños firmes. La duda se había evaporado, reemplazada por una resolución gélida.

—Se acabó —sentenció Meilyr, mirando fijamente a sus hermanos—. Hemos jugado a los diplomáticos en este nido de víboras durante demasiado tiempo. Nera no solo ha usurpado un trono; ha intentado pudrir nuestra sangre desde adentro, usando a nuestro propio padre como su herramienta de humillación.

Se giró hacia Morana, que aún temblaba por el peso de sus propias sospechas. Meilyr no la miró con el desprecio que le reservaba a la Regente, sino con la determinación de un líder que toma una decisión irrevocable.

—Morana, tú no te quedarás aquí para ser el próximo sacrificio de tu madre —dijo Meilyr, y su voz no admitía réplica—. Eres nuestra sangre, te guste o no. Y no permitiremos que termines convertida en otra pieza rota en el tablero de Nera.

Morana levantó la vista, confundida y asustada.

—¿De qué estás hablando, Meilyr? Ella no me dejará ir. Soy su única heredera... soy su escudo.

—Ya no —intervino Faron, cuyo ojo rojo parecía brillar con una premonición de fuego—. Nothain ya no es seguro para nadie que tenga un corazón que aún lata. El aire aquí está envenenado.

Meilyr se acercó a la mesa donde reposaba un viejo mapa del reino y señaló con su daga un punto escarpado y gris en las montañas del norte: La Fortaleza de Piedra, el hogar ancestral que los vio crecer, un lugar donde las murallas no solo estaban hechas de roca, sino de la voluntad inquebrantable de los hijos de Aelnora.

—Mañana, antes de que el primer rayo de sol toque las torres, nos iremos —decretó Meilyr—. Y Morana vendrá con nosotros. Si Nera quiere recuperarla, tendrá que marchar contra las montañas y enfrentarse al acero de la Fortaleza de Piedra. Vamos a quitarla del camino al trono, pero no con palabras en este salón podrido, sino desde el poder de nuestra propia tierra.

Áedán asintió, ya calculando las rutas y los suministros necesarios. Delayna, aunque triste por la situación de su padre, sintió un alivio inmenso al saber que dejarían atrás ese lugar lleno de susurros oscuros.

—¿Y nuestro padre? —preguntó la pequeña con un hilo de voz.

Meilyr guardó silencio un momento, mirando hacia la puerta.

—Lancel tomó su decisión en los viñedos y en las sombras. Ahora nosotros tomamos la nuestra. Si quiere ser el Príncipe de Hierro de nuevo, tendrá que buscarnos en la Fortaleza. Pero por ahora, nuestra prioridad es salvar lo que queda de nosotros.

Meilyr puso una mano sobre el hombro de Morana, un gesto tosco pero cargado de una protección que la joven nunca había sentido de parte de su madre.

—Prepara lo mínimo, prima. Mañana dejamos de ser invitados para convertirnos en los señores de nuestro propio destino. Nera cree que ha ganado porque tiene a Lancel en su cama, pero pronto descubrirá que ha perdido a su hija y el derecho a gobernar sobre nuestra sangre.




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