Renacimiento de Dragones

Capitulo 43

El aire de la madrugada era un filo de hielo que cortaba la respiración. En los establos bajos de la Capital, los caballos resoplaban, sus alientos formando pequeñas nubes de vapor en la penumbra. Meilyr ajustaba las cinchas de su montura con movimientos mecánicos y bruscos, mientras Áedán terminaba de asegurar las provisiones en la yegua de Delayna. Morana, envuelta en una capa de viaje gruesa que ocultaba sus finas sedas, miraba hacia las torres del castillo con una mezcla de terror y alivio.

—Todo está listo —susurró Áedán, revisando por última vez que el morral de Faron estuviera bien sujeto.

Faron, con su ojo rojo brillando débilmente bajo la capucha, asintió. Estaban a punto de montar cuando una sombra se proyectó contra la entrada de los establos. El sonido de unas espuelas contra la piedra hizo que Meilyr desenvainara su acero en un parpadeo.

Desde la oscuridad emergió Lancel. No vestía las galas de la corte ni el jubón que Nera le había obligado a usar. Llevaba su vieja armadura de combate, la que tenía las marcas de las garras de los encuentros pasados, y cargaba un petate de cuero desgastado. Su rostro estaba demacrado, pero sus ojos tenían una claridad que no se veía en ellos desde hacía meses.

—No darán un solo paso fuera de estos muros sin mí —dijo Lancel. Su voz no era una súplica, sino el rugido sordo de un hombre que ha recuperado su centro.

Meilyr dio un paso al frente, con la espada aún en alto.

—¿Y qué te hace pensar que queremos que vengas, Lancel? Vuelve a tus aposentos. Vuelve con ella.

—He pasado demasiado tiempo intentando apagar el fuego con mentiras —respondió Lancel, mirando a Meilyr a los ojos sin retroceder—. Nera no tiene nada que yo quiera. He dejado mi espada y mi juramento en el fango, y he venido a recogerlos. Si van a la Fortaleza de Piedra, necesitarán a alguien que conozca los pasos de montaña mejor que nadie. Necesitarán a su padre.

El silencio que siguió fue tenso, una cuerda a punto de romperse. Pero antes de que Meilyr pudiera soltar otra palabra de desprecio, un destello blanco cruzó el establo.

Delayna, que había estado observando la escena con el corazón en un puño, no pudo contenerse más. Corrió hacia él con todas sus fuerzas, sus pequeñas botas golpeando el suelo con desesperación.

—¡Padre! —gritó.

Se lanzó contra él, rodeando su cintura con sus brazos y hundiendo el rostro en el metal frío de su coraza. Lancel se tambaleó por el impacto, pero inmediatamente la rodeó con sus brazos, cerrando los ojos con una fuerza dolorosa. Dejó caer su equipo al suelo para sostenerla, acariciando su cabello con manos temblorosas.

—Perdóname, pequeña —susurró Lancel contra su cabeza—. Perdóname por perderme.

Meilyr bajó lentamente la espada, mirando a Faron. El hermano mayor observaba la escena con su ojo carmesí, analizando el calor que emanaba de Lancel. No había rastro del perfume de Nera, ni del rastro gélido de la manipulación. Solo había el calor honesto de un hombre dispuesto a morir por su estirpe.

—Si vienes, Lancel, vienes como un soldado más —sentenció Meilyr, aunque su voz ya no tenía el mismo filo—. En la Fortaleza de Piedra, yo mando. Aquí ya no hay príncipes, solo sobrevivientes.

Lancel levantó la vista, todavía abrazando a Delayna, y asintió con una solemnidad absoluta.

—Como desees, Meilyr. Solo quiero llevar a mis hijos a casa.

Morana observaba desde la sombra, asombrada por la fuerza de ese vínculo que ni siquiera la traición más amarga había podido destruir por completo. Con Lancel a la cabeza y los hijos de Aelnora unidos de nuevo, la huida hacia el norte ya no era solo una retirada; era el comienzo de una marcha que Nera lamentaría haber provocado.

—¡Monten! —ordenó Lancel, volviendo a ser el general de antaño mientras ayudaba a Delayna a subir a su yegua—. El amanecer no esperará, y nosotros tampoco.




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