El estrépito de los cascos sobre el puente levadizo fue el último sonido que los vinculó a Nothain. Mientras la Capital quedaba atrás, sumergida en una bruma grisácea, el grupo se internó en los senderos que ascendían hacia las tierras altas. El aire se volvía más puro, pero también más rudo, cargado con el aroma de los pinos y la piedra mojada.
Lancel cabalgaba en la vanguardia, con la mirada fija en el horizonte. Ya no era el hombre melancólico de los viñedos; cada vez que sus ojos escudriñaban la espesura, demostraba por qué era el Príncipe de Hierro. Su presencia, aunque silenciosa, proporcionaba una seguridad que incluso Meilyr se veía obligado a reconocer.
A su lado, Delayna parecía haber recuperado un poco de su brillo. El simple hecho de tener a su padre cerca, vigilando el camino como un viejo lobo, le devolvía la fe que el palacio le había arrebatado.
En el centro del grupo, Faron mantenía un ritmo constante. Su ojo rojo, aunque oculto bajo la capucha, no descansaba. Con su nueva visión, el mundo era un mapa de corrientes térmicas y ecos de energía. Podía sentir el calor del huevo de dragón en su morral, latiendo en sincronía con su propio corazón.
—¿Qué ves, Faron? —susurró Áedán, acercándose con su caballo. El "Ojo del Dragón" de Áedán era experto en detectar amenazas físicas, pero sabía que su hermano ahora veía lo invisible.
—Veo el frío, Áedán —respondió Faron con voz profunda—. Pero no es el frío de la nieve. Es el rastro que Nera ha dejado en nosotros. Ella no nos dejará ir tan fácilmente. Su marca todavía flota en el aire, como un hilo de humo negro que intenta seguirnos.
Áedán asintió, ajustando el agarre de su arco. Sabía que la salida de la Capital era solo el principio. Nera no era una mujer que aceptara la pérdida de su hija y de su consorte sin desatar una tormenta.
Morana cabalgaba entre Meilyr y Faron, sintiéndose como una intrusa en una leyenda. El paisaje estaba cambiando; las suaves colinas de la Capital daban paso a riscos afilados y desfiladeros que parecían querer tragarse el cielo.
—¿Te asusta el silencio? —le preguntó Meilyr, notando cómo ella se encogía bajo su capa.
—Me asusta lo que hay detrás del silencio —confesó Morana, mirando hacia las montañas—. En Nothain, el ruido de las mentiras me hacía sentir segura. Aquí... aquí todo es demasiado real.
Meilyr soltó una carcajada ronca, la primera en días.
—Bienvenida al norte, prima. Aquí la piedra no miente. O te sostiene, o te aplasta. Pronto verás la Fortaleza de Piedra. Ella no te juzgará por quién es tu madre, sino por lo que seas capaz de aguantar bajo su techo.
Al caer la tarde, llegaron al primer puesto de avanzada: un arco de piedra natural que marcaba la entrada a los dominios de la Fortaleza de Piedra. Lancel se detuvo y alzó su mano, pidiendo silencio.
Desde lo alto de los riscos, un cuerno resonó. No era el cuerno de batalla de los ejércitos reales, sino un sonido gutural, profundo, que parecía salir de las entrañas de la montaña misma. Eran los guardias de la frontera, hombres leales a la sangre de Aelnora que habían estado esperando el regreso de los herederos.
Lancel se giró hacia sus hijos, y por primera vez, una sombra de sonrisa cruzó su rostro cansado.
—Estamos en casa —dijo.
Faron sintió una vibración violenta en su morral. El huevo de dragón respondió al grito del cuerno con un calor abrasador. El Príncipe de las Cenizas miró hacia la fortaleza que se alzaba en la distancia, una silueta inexpugnable contra el cielo purpúreo. Sabía que dentro de esos muros, el tiempo de esconderse terminaría. Allí, bajo la protección de la piedra ancestral, el dragón finalmente tendría el fuego necesario para romper su cáscara.