El pesado portón de hierro y roble de la Fortaleza de Piedra se cerró tras ellos con un estruendo que resonó en todo el valle. Para los hijos de Aelnora, ese sonido no fue una amenaza, sino el cierre de un libro de pesadillas. Al entrar en el patio de armas, los soldados y sirvientes que habían mantenido la fortaleza viva durante su ausencia hincaron la rodilla, no por obligación, sino con una devoción que el palacio de Nothain jamás conocería.
Lancel desmontó con movimientos lentos, sintiendo que el peso de su armadura finalmente se volvía soportable. Entregó las riendas a un mozo de cuadra y, tras asegurarse de que sus hijos y Morana estaban siendo atendidos, se dirigió hacia el ala norte del castillo, el lugar que había permanecido sellado por orden suya desde la muerte de su esposa.
Sus botas resonaron en los pasillos de piedra gris, donde el aire no olía a incienso ni a traición, sino a pino fresco, cera de abejas y el aroma mineral de la montaña. Al llegar a la puerta de sus aposentos, Lancel dudó un segundo. Giró el pomo y la madera cedió con un suspiro.
La habitación estaba exactamente igual a como la recordaba. La luz plateada de la luna se filtraba por el gran ventanal, iluminando las colchas de lana y los tapices que narraban la historia de los jinetes de dragones. Pero lo que detuvo el corazón de Lancel fue el leve rastro que aún persistía en el aire: el aroma de Aelnora. Una mezcla de lavanda silvestre y el olor metálico que el fuego dejaba en su piel.
Lancel se quitó los guanteletes y los dejó sobre la mesa de roble. Caminó hacia el tocador de madera tallada y rozó con sus dedos un cepillo de plata que perteneció a ella.
—He vuelto, Aelnora —susurró hacia el vacío, y su voz no se rompió esta vez.
Se dejó caer en el sillón frente a la chimenea apagada, cerrando los ojos. Por primera vez en meses, la mandíbula de Lancel no estaba tensa. El nudo de culpa que Nera había apretado con cada beso y cada palabra envenenada empezó a aflojarse. Aquí, en la Fortaleza de Piedra, las paredes no tenían oídos al servicio de la corona; eran aliadas, guardianas de su historia y de su dolor.
Sintió una tranquilidad profunda, casi física, envolviéndolo como una manta. Ya no tenía que fingir que era el consorte de una usurpadora. Era Lancel, el Guardián del Norte, el padre de los herederos del fuego.
A través de la ventana, escuchó las risas lejanas de Delayna y los pasos firmes de Meilyr en el patio. El hogar no era solo un edificio; era el santuario donde el recuerdo de Aelnora no lo perseguía para castigarlo, sino para darle la bienvenida. Lancel se permitió suspirar profundamente, dejando que el silencio de la fortaleza lavara las manchas de la capital. Estaba en casa, y bajo este techo, por fin podía empezar a perdonarse a sí mismo para poder luchar por el futuro de sus hijos.