El silencio de los aposentos de Lancel era absoluto, una calma que solo se encuentra en las raíces de las montañas. El fuego en la chimenea finalmente había sido encendido, proyectando sombras danzantes de color naranja y oro contra las paredes de piedra. Lancel permanecía sentado, con la mirada perdida en las brasas, dejando que el calor real expulsara el frío gélido que la Capital había instalado en sus huesos.
Un suave roce en la madera de la puerta lo sacó de su trance. No fue un golpe firme de soldado, sino un rasguño tímido, casi imperceptible.
—¿Padre? —la voz de Delayna sonó pequeña, filtrándose por la rendija.
Lancel se incorporó de inmediato, su instinto de protección poniéndolo alerta.
—Adelante, pequeña. Pasa.
La puerta se abrió lo justo para dejar pasar a la niña. Delayna vestía una camisola larga de lino blanco y llevaba una manta de lana gruesa arrastrando tras ella. Tenía el cabello alborotado y los ojos todavía cargados de ese cansancio emocional que solo el hogar permite liberar.
Se detuvo a los pies de la gran cama de madera de cedro, mirando a Lancel con una vulnerabilidad que le recordó a los años antes de la guerra, cuando el mundo era simple y los dragones solo eran cuentos de cuna.
—No puedo dormir —susurró ella, apretando la manta contra su pecho—. Las paredes de mi habitación son demasiado grandes y el silencio hace mucho ruido. Me hace pensar en los hombres del bosque y en... en ella.
Lancel sintió una punzada en el corazón. Se acercó a ella y se puso de rodillas para quedar a su altura, apartándole un mechón de pelo de la frente con una ternura infinita.
—Aquí estás a salvo, Delayna. Nada va a entrar en esta fortaleza.
—Lo sé —respondió ella, bajando la vista hacia sus pies descalzos—. Pero, ¿puedo quedarme contigo esta noche? Solo hasta que amanezca. Como cuando era pequeña y había tormenta.
Lancel no necesitó pensarlo. Se levantó y retiró las pesadas colchas de la cama, haciéndole un sitio.
—Claro que sí. Ven aquí.
Delayna subió a la cama con agilidad y se acurrucó en el lado que solía ocupar su madre, buscando el calor de las mantas. Lancel se sentó a su lado, apoyando la espalda contra el cabezal tallado. La niña se acercó a él, apoyando la cabeza en su brazo, y por primera vez en semanas, sus hombros se relajaron por completo.
—Padre... —murmuró ella, ya con los ojos cerrándose bajo el influjo del calor del hogar—. Gracias por traernos de vuelta.
Lancel le dio un beso suave en la coronilla, mientras su mano rodeaba los hombros de su hija. En ese momento, en la oscuridad de la habitación impregnada del aroma a leña y a la memoria de Aelnora, Lancel comprendió que su redención no vendría de las batallas que ganara contra Nera, sino de esos pequeños momentos de paz que lograra rescatar para sus hijos.
Poco a poco, la respiración de Delayna se volvió rítmica y profunda. Lancel se quedó despierto un rato más, velando su sueño, sintiendo que bajo ese techo de piedra, la familia empezaba finalmente a sanar sus heridas más profundas. El Príncipe de Hierro por fin tenía algo por lo que valía la pena mantener el fuego encendido.