La noche en la Fortaleza de Piedra era profunda, pero en los aposentos de Faron, la oscuridad no era total. Sobre una mesa de piedra bruta, el huevo de dragón descansaba, emanando un pulso intermitente de luz ámbar que bañaba las paredes con un brillo sobrenatural.
Faron permanecía sentado frente a él, con la capucha echada hacia atrás. Su ojo rojo brillaba en la penumbra con una intensidad que rivalizaba con la del objeto. Con su nueva visión, no solo veía la cáscara pétrea y escamosa; veía el torbellino de calor y vida que latía en su interior, un fuego que parecía reconocer su presencia.
Acercó una mano, rozando la superficie del huevo. Estaba caliente, casi al punto de quemar, pero para Faron, ese calor era un consuelo, una conexión con el pasado de su madre y la promesa de un futuro de cenizas.
Faron suspiró, y el vapor de su aliento se disipó rápidamente ante el calor de la habitación. Sabía que su papel en esta guerra estaba sellado. Su ojo, su mente fragmentada por visiones y su título de Príncipe de las Cenizas lo convertían en el arma de la familia. Pero el huevo... el huevo era algo diferente.
—Tú no eres un arma —susurró Faron, y su voz resonó con un eco mineral—. Eres esperanza.
Recordó el momento en el bosque, el miedo en los ojos de sus hermanos y la valentía silenciosa de la más pequeña. Recordó que fue Delayna quien, entre el barro y las sombras, encontró el tesoro que todos habían pasado por alto. Ella no lo buscó por poder, sino con la curiosidad de quien busca luz en la oscuridad.
Faron comprendió que, aunque él tuviera la sangre y la visión para guiar al dragón, el alma de la criatura no debería forjarse en el odio que él cargaba. El huevo necesitaba la pureza que solo su hermana conservaba después de tanto dolor.
—Mañana —decidió Faron, retirando la mano mientras el brillo de su ojo rojo se suavizaba—. Mañana volverá a las manos que lo encontraron.
No era solo un regalo; era un acto de protección. Al entregarle el huevo a Delayna, Faron le estaba entregando el corazón de su linaje. Él se encargaría de las batallas, de la sangre y del acero, pero ella sería la encargada de cuidar la chispa que algún día quemaría las cadenas de su familia.
Faron se recostó en su cama, dejando que el latido rítmico del huevo lo arrullara. Por primera vez desde que perdió su ojo, su mente no se llenó de visiones de guerra, sino de una imagen de Delayna sonriendo, protegida por las alas de una criatura que aún no conocía el mundo, pero que ya tenía un hogar en la Fortaleza de Piedra.