El sol de la mañana se filtraba tímidamente por las estrechas saeteras de la Fortaleza, dibujando motas de polvo que bailaban en el aire frío. Faron esperaba en el salón principal, una estancia de techos altos y vigas de roble negro que olía a resina y a historia. En sus manos, envuelto en una pesada tela de terciopelo para ocultar su brillo a los ojos indiscretos de los sirvientes, cargaba el peso del futuro.
Delayna apareció poco después, bajando las escaleras con pasos ligeros. Se veía descansada tras la noche en los aposentos de Lancel, aunque una sombra de curiosidad cruzó su rostro al ver la solemnidad de su hermano mayor.
—Faron, ¿está todo bien? —preguntó ella, acercándose.
Faron no respondió de inmediato. Se arrodilló sobre una rodilla, quedando a la altura de su hermana pequeña, y colocó el bulto sobre una mesa baja de piedra. Con un movimiento lento y ceremonioso, descorrió la tela.
El huevo de dragón resplandeció bajo la luz del día. Sus escamas, de un tono carmesí profundo y vetas doradas, parecían vibrar ante la proximidad de la niña. Delayna ahogó un suspiro, llevando sus manos a la boca.
—Es... es el huevo —susurró ella, sus ojos brillando con una fascinación pura—. ¿Por qué lo has sacado de tu habitación?
—Porque no es mío, Delayna —dijo Faron, y su ojo rojo se fijó en ella con una dulzura que rara vez mostraba—. Tú lo encontraste en el barro cuando todos estábamos cegados por el miedo. Tú fuiste la que vio la chispa entre las cenizas.
Faron tomó las manos de su hermana y las guió hacia la superficie cálida de la cáscara. En el momento en que las yemas de los dedos de Delayna tocaron el huevo, un pulso de calor recorrió la habitación. El objeto no solo estaba caliente; latía con la fuerza de un corazón que reconoce a su madre.
—Yo veré venir a los enemigos con mi visión —continuó Faron con voz grave—, y Meilyr y Áedán pondrán el acero. Pero tú, Delayna, tú debes cuidar la vida. Este dragón necesitará la luz que hay en ti, no la oscuridad que hay en mí.
Delayna rodeó el huevo con sus brazos, pegándolo a su pecho. No sintió que la quemara; sintió un calor reconfortante, como si abrazara un rayo de sol capturado en piedra.
—Lo cuidaré, Faron —prometió ella con una firmeza que hizo que su hermano se sintiera, por un instante, en paz—. No dejaré que nadie lo toque. Ni Nera, ni las sombras.
Faron se puso en pie y le puso una mano en el hombro.
—Sé que lo harás. A partir de hoy, tú eres su guardiana. Que este sea el secreto de nuestra fuerza.
Mientras Delayna se alejaba con el huevo protegido entre sus brazos, Faron se quedó mirando hacia el horizonte norteño. El vínculo se había sellado. El dragón ya no era solo una reliquia recuperada; ahora tenía un corazón humano al cual aferrarse, y esa unión sería la que, tarde o temprano, haría que el cielo de la Fortaleza de Piedra volviera a conocer el sonido de las alas.