Renacimiento de Dragones

Capitulo 49

El sol de la tarde bañaba la habitación de Delayna, creando motas de luz sobre las alfombras de lana donde ella se encontraba sentada. Había rodeado el huevo con sus muñecas de trapo y piedras de río, integrándolo en su mundo de juegos como si fuera el tesoro de un reino olvidado.

De repente, el silencio del aposento se rompió. No fue un estruendo, sino un sonido nítido y seco, como el de un cristal fino al quebrarse.

Delayna dejó de mover sus muñecas y se quedó paralizada. El huevo, que descansaba sobre un cojín de seda, comenzó a vibrar. Una grieta zigzagueante cruzó la superficie carmesí, y de su interior emanó un vapor cálido con aroma a azufre y flores silvestres. Con un crujido final, un trozo de cáscara cayó a la alfombra.

De entre los fragmentos de piedra surgió una criatura pequeña y temblorosa. No era el monstruo oscuro de las pesadillas de los maestres; este pequeño ser tenía escamas de un tono rosado pálido, iridiscentes como el interior de una caracola, que brillaban con matices dorados bajo la luz del sol. Sus ojos, grandes y húmedos, eran de un color violeta profundo.

El dragón soltó un chirrido agudo, similar al canto de un ave, y extendió sus alas translúcidas, todavía húmedas por el líquido del cascarón. Con un movimiento torpe, se arrastró hacia Delayna y buscó el calor de su mano, emitiendo un ronroneo vibrante que hizo que la niña sonriera con puro asombro.

—Eres... eres hermoso —susurró Delayna, extendiendo un dedo para acariciar la frente de la criatura.

La puerta de la habitación se abrió de golpe. Lancel, que pasaba por el pasillo para comprobar cómo estaba su hija, se detuvo en seco en el umbral. Su mirada bajó desde el rostro iluminado de Delayna hasta la alfombra, y su rostro se tornó de una palidez mortal.

—¡Delayna, apártate de eso! —rugió Lancel, entrando en la habitación con una mano instintivamente puesta en el pomo de su espada.

La pequeña criatura, asustada por el grito, se encogió detrás de las piernas de la niña, soltando un pequeño siseo que liberó una chispa de humo rosáceo.

—¡No, padre! ¡No le hagas daño! —gritó Delayna, interponiéndose entre Lancel y el dragón—. ¡Acaba de nacer! ¡Me reconoce!

—¡Es una bestia, Delayna! —Lancel la tomó por los hombros, obligándola a retroceder, aunque sus ojos no se apartaban del pequeño ser—. Están prohibidos por una razón. ¿Es que no lo entiendes? Los dragones no conocen la lealtad, solo conocen el hambre y el fuego.

Lancel se arrodilló, pero no para acariciarlo, sino para observar la amenaza. Sus ojos reflejaban un dolor antiguo, una cicatriz que ninguna fortaleza de piedra podía ocultar.

—He visto lo que hacen estas criaturas —dijo Lancel con la voz quebrada por la memoria—. Recuerdo a Stormkiller. Recuerdo el cielo volviéndose negro y el olor a carne quemada cuando el fuego consumió a tu madre. Aelnora murió por culpa de la ambición de estas bestias. Son peligrosos, Delayna. Hoy es un juguete rosado, pero mañana será el monstruo que reduzca esta fortaleza a cenizas.

El dragón rosado miró a Lancel con sus ojos violetas, inclinando la cabeza. Delayna vio cómo la mano de su padre temblaba. El Príncipe de Hierro no tenía miedo de morir; tenía miedo de volver a ver cómo el fuego le arrebataba lo que más amaba.

—No es como los otros, padre —suplicó Delayna, con lágrimas en los ojos—. Él me encontró a mí. Por favor... no dejes que el pasado nos quite esto también.

Lancel miró a la criatura y luego a su hija. El conflicto entre su juramento de protección y el trauma de su pérdida se libraba en su rostro, mientras el pequeño dragón emitía un trino suave, ajeno al odio y al miedo que su estirpe había sembrado en el mundo.




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