Renacimiento de Dragones

Capitulo 50

El aire en el consejo privado de la Fortaleza de Piedra estaba cargado de una tensión eléctrica. Lancel permanecía de pie frente al gran ventanal, con la espalda rígida y las manos entrelazadas detrás de la cintura, mirando hacia el patio donde la nieve empezaba a caer. Detrás de él, sus tres hijos mayores aguardaban en un silencio sepulcral.

—¿Un dragón? —la voz de Lancel era un susurro ronco, cargado de un cansancio que parecía pesar más que su armadura—. ¿En mi propia casa? ¿Bajo el techo que juré proteger del fuego?

Meilyr y Áedán se miraron entre sí, la sorpresa aún grabada en sus facciones. Ellos habían sospechado que Faron guardaba algo, pero la realidad superaba cualquier conjetura.

—Padre, no sabíamos nada —intervino Áedán, con la voz rápida y analítica—. Si hubiéramos sabido que el huevo era real, que estaba vivo...

—Yo lo sabía —la voz de Faron cortó el aire como un látigo.

Faron dio un paso al frente, dejando que la luz de las antorchas hiciera brillar su ojo rojo. Ya no había espacio para los secretos; la criatura rosada que ahora piaba en los aposentos de Delayna había roto más que un cascarón: había roto el silencio de meses.

—¿Desde cuándo, Faron? —preguntó Lancel, girándose lentamente. Sus ojos buscaban una explicación en el rostro cicatrizado de su hijo mayor.

—Desde el día del festival de caza —confesó Faron, manteniendo la mirada—. El día en que mi visión me traicionó por primera vez. Confundí a Delayna con una presa entre los matorrales... estuve a punto de disparar.

Lancel palideció al recordar aquel día, pero Faron continuó antes de que su padre pudiera hablar.

—Cuando la alcancé, ella estaba protegiendo algo entre el barro. Era el huevo. Ella lo encontró, pero yo decidí que lo ocultaríamos. Sabía que si tú lo veías, el miedo a Stormkiller te obligaría a destruirlo. Sabía que si Nera lo encontraba, lo usaría como un arma para terminar de encadenarnos. Así que lo guardamos. Ella lo cuidó con su calor y yo lo protegí con mis sombras hasta hoy.

Meilyr golpeó la mesa con el puño, pero no de rabia, sino de asombro.

—¿Lo tuviste a nuestro lado todo el tiempo? ¿En la Capital? ¿Bajo las narices de la Regente?

—Era la única forma de que sobreviviera —respondió Faron con frialdad—. Delayna es la única de nosotros que no tiene las manos manchadas de odio. Por eso el dragón nació para ella.

Lancel se pasó una mano por el rostro, frotándose las sienes. El impacto de la noticia lo dejó sin aliento. Sus hijos habían conspirado a sus espaldas, no por malicia, sino por una desconfianza sembrada por sus propios traumas.

—Me ocultaron algo que podría traer a los ejércitos de Nera y el fuego de los cielos sobre nuestras cabezas —dijo Lancel, su voz temblando ligeramente—. Meilyr, Áedán... sus rostros me dicen que son tan ignorantes como yo, pero eso no disminuye el peligro.

Lancel miró a Faron, viendo en su ojo rojo el reflejo del poder que tanto temía.

—Creen que es esperanza. Yo solo veo el principio del fin. He visto ciudades enteras volverse cristal bajo el aliento de esas criaturas. Aelnora... ella creía que podía controlarlos, y terminó siendo su combustible.

—Este no es Stormkiller, padre —sentenció Faron—. Y nosotros no somos los mismos que cayeron aquel día. Si el destino puso ese huevo en manos de Delayna, es porque el fuego ha decidido darnos una oportunidad, no una sentencia.

Lancel no respondió. Miró hacia la puerta que conducía a los aposentos de su hija pequeña, donde la luz rosada de la nueva vida desafiaba la oscuridad de la fortaleza. El Príncipe de Hierro estaba atrapado entre el hombre que quería quemar la amenaza y el padre que no podía romperle el corazón a la única hija que aún lo miraba sin juicios.




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