Renacimiento de Dragones

Capitulo 51

El eco de la confesión de Faron aún vibraba en las vigas de madera del salón. El asombro inicial de Meilyr y Áedán se había transformado en una tensión pesada, una que apuntaba directamente hacia la figura sombría de su padre. Lancel permanecía de espaldas, con las manos apoyadas en el alféizar de la ventana, como si la piedra fría fuera lo único que lo mantuviera en pie.

Áedán, cuyo ojo clínico nunca dejaba pasar una grieta en la armadura emocional de los demás, dio un paso al frente. Sus ojos, agudos y calculadores, no se apartaron de la nuca de su padre.

—Padre —comenzó Áedán, con una voz que cortaba el aire como una hoja delgada—. No es solo por Stormkiller. No es solo por el fuego que consumió a nuestra madre. Hay algo más profundo en tu mirada cada vez que mencionamos a esas criaturas.

Lancel no se movió. El vello de su nuca se erizó, pero mantuvo el silencio. Áedán continuó, ignorando la mirada de advertencia que Meilyr le lanzó desde el otro lado de la mesa.

—Has dedicado tu vida a ser el Príncipe de Hierro, el escudo contra lo sobrenatural —prosiguió Áedán—. Pero tu odio hacia los dragones roza la obsesión. Incluso antes de que Aelnora cayera, tus manos temblaban cuando escuchabas sus rugidos en la distancia. ¿Por qué los odias con tanta saña, padre? ¿Qué es lo que no nos estás contando sobre tu pasado con ellos?

Lancel cerró los puños con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon. Por un segundo, el salón pareció encogerse. La pregunta de Áedán no buscaba una lección de estrategia militar; buscaba la raíz de un trauma que Lancel había enterrado bajo capas de acero y deber.

Lentamente, Lancel se giró. Su rostro era una máscara de absoluta frialdad, una expresión que utilizaba solo en los campos de batalla más sangrientos. Sus ojos, usualmente cálidos para sus hijos, eran ahora dos pozos de acero gris.

—No hay nada que contar, Áedán —respondió Lancel, y su voz sonó tan seca como una rama quebrada—. Los dragones son monstruos que no obedecen más ley que la de su propio hambre. Odiar lo que destruye tu hogar no es un misterio, es sentido común.

—No me des respuestas de manual, padre —insistió Áedán, cruzándose de brazos—. He visto a hombres odiar por miedo, pero tú odias por conocimiento. Pareces saber algo de su naturaleza que el resto de nosotros ignoramos.

Lancel caminó hacia la mesa, recogiendo un mapa desplegado y enrollándolo con una brusquedad que puso fin a la conversación.

—Lo que sé es que tenemos a una hija de la usurpadora en nuestras celdas de invitados, una regente que pronto enviará rastreadores a nuestras montañas y un niño con un ojo rojo que ve fantasmas —dijo Lancel, desviando la mirada hacia el mapa con una intensidad feroz—. Esos son los problemas reales. No las sombras de mi memoria.

Lancel se dirigió hacia la puerta, deteniéndose solo un instante antes de salir.

—Preparen a los hombres. Quiero guardias dobles en las murallas y exploradores en los pasos del sur. Si esa criatura rosada va a quedarse en esta fortaleza, nos aseguraremos de que ningún extraño sepa de su existencia. El resto... no importa.

Salió de la estancia sin mirar atrás, dejando a sus tres hijos en un silencio cargado de dudas. Áedán miró a Faron, quien mantenía su ojo rojo fijo en la puerta por la que su padre acababa de desaparecer.

—No nos lo dirá —murmuró Áedán—. Pero lo que sea que oculta es tan peligroso como el fuego mismo.

Faron asintió levemente. Podía sentir el rastro térmico de su padre: era una mancha negra de frío absoluto, el tipo de frío que solo queda cuando alguien ha quemado sus propios recuerdos para evitar que lo sigan consumiendo. El misterio de Lancel seguía allí, una cicatriz interna que, tarde o temprano, el nuevo dragón terminaría por reabrir.




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